
Aseguran que no quieren llegar con su familia sin sustento.
Por Ana Luisa Casas
Saltillo, Coah.- Los vendedores ambulantes son de las primeras víctimas económicas del Covid-19 en la ciudad. Sus ventas bajaron hasta 70%, en los primeros días de que se decretaron las medidas sanitarias por la pandemia en Coahuila y recomendaron a la gente no salir de sus casas.
En un recorrido por el Centro Histórico, a pesar de ser viernes, la cantidad de gente en la calle disminuyó. Y los primeros que lo notaron, fueron los vendedores ambulantes.
Hugo de León Ramos, un hombre con parálisis en la mitad de su cuerpo que vende veladoras y dulces junto al atrio de la Catedral. A él, desde hace tres días no vende casi nada y en Semana Santa, si no hay oficios religiosos, cree que le irá peor.
También está Carlos, globero desde hace 30 aí±os, quien se negó a ser fotografiado, por la pena de contar que aunque ya pasaba de mediodía, no había vendido un solo globo, y no quería llegar con los bolsillos vacíos a su casa, donde lo esperan su esposa y cuatro hijos.
Otro que por la tarde llevaba vendidas solo tres bolsas de semillas, es Isidro López Valdez, comerciante informal desde hace varios aí±os. Comenta que la gente le tiene miedo al contagio y no sale a la calle. Y que si no hay ventas, tendrá que irse a tocar casa por casa, porque si no vende, ese día no come.
Por supuesto, ninguno tiene servicios médicos, tampoco quién les pague si se tienen que quedar en sus casas para evitar contagios. La mayoría coincide âsi nos vamos a casa, qué comemosâ, tienen más miedo a eso que a contagiarse con el coronavirus.
âNo sale ni para mal comerâ
Junto al atrio de Catedral, hay un puesto ambulante de escapularios, veladoras y dulces. Lo atiende Hugo de León, sentado en una silla de ruedas. Con voz apenas audible, pregunta si es cierto que lo van a desalojar por la pandemia del coronavirus, porque dice que si lo mandan a su casa, se morirá de hambre.
La suerte que está corriendo este vendedor ambulante, no es muy diferente a la de todos los que recorren las calles en busca de sobrevivir con las ventas del día. Ahora, con las medidas decretadas por el Gobierno, para evitar contagios del Covid-19, son de los primeros en padecer las consecuencias económicas. Sus ventas se desplomaron más del doble.
âMe bajaron las ventas muchísimo, desde que ingresó a México esa enfermedadâ, dice Hugo de León Ramos, de 58 aí±os, quien lleva más de tres décadas vendiendo afuera de la Catedral, a pesar de tener la mitad del cuerpo paralizado, por una enfermedad de su infancia.
En la cajita de madera donde pone el dinero de las ventas, se alcanzan a contar menos de 50 pesos. Es todo lo que había vendido al mediodía del viernes, desde las 7 de la maí±ana que lo instalaron. Y casi fue todo lo que se llevó a su casa, porque deja de vender a las 2 de la tarde.
âNomás me está saliendo para mal comer, si yo tuviera familia, no la podría mantenerâ, platica Hugo de forma muy pausada. Y mientras atiende a un par de clientes, cuenta que ese puesto era de él y su mamá, quien murió hace un aí±o, y ahora, unos vecinos son los que lo ayudan a llevarlo, instalarlo e ir a recogerlo. También lo auxilian en su casa, pues no puede hacer casi nada.
Sentado en una silla de ruedas que le donaron recientemente, bajo un gran paraguas, pedazos de cajas de plástico y hules blancos para protegerse del sol y la lluvia, Hugo le pide a los santitos colgados en los escapularios y estampitas que vende, que no le quiten su trabajo.
âUna seí±ora me dijo que con esto del virus, que la policía nos iba a desalojar a la fuerza, ¿usted sabe si es cierto?, que porque podemos enfermar a la gente. Pero si me mandan a mi casa, si no trabajo, no me voy a morir de la enfermedad, pero sí de hambreâ, expresó Hugo.
Dice que ha ido a vender hasta con cinco grados de temperatura y lloviendo. Que no le teme al coronavirus, porque confía en Dios, por eso cada que se instala, le prende una veladora al Santo Cristo.
Lamentablemente, este aí±o, ni Dios lo va salvar de las malas ventas. Porque cada aí±o aumentaba al doble sus ingresos durante la Semana Santa, cuando la gente acudía a los oficios y ceremonias a Catedral. Pero este aí±o, si la Iglesia los hace a puerta cerrada, Hugo será uno de los afectado.
Me voy a morir de otra cosa
Pero Hugo no es el único al que le está yendo mal. En la Plaza de Armas, uno de esos globeros que se han convertido en parte de la estampa del Centro Histórico, se cansó de dar vueltas por los jardines, y decidió sentarse.
Carlos, quien no quiere dar más datos porque le da pena que conozcan su desgracia, le da pena admitir que son las 13:00 horas y no ha vendido ni un solo globo. Pero más porque, ya lleva más de mediodía trabajado y aun no hay dinero en su bolsa, para llevar a su esposa y cuatro hijos.
Le echa la culpa al coronavirus. Sabe que el Gobierno está pidiendo que la gente se quede en sus casas, para evitar contagios. Y por eso, sus principales clientes ya no están: los abuelos que llevan a los nií±os a pasear al Centro.
íl lleva toda su vida cargando un madero con globos de todas formas y colores, para vender siete días a la semana. Le tocó vender durante la contingencia de la Influenza H1N1 de hace once aí±os, dice que en aquel entonces no se contagió y confía que esta vez tampoco se contagiará.
âLas ventas bajaron desde esta semana, cuando anunciaron lo del virus. La gente no sale, tienen miedo, pero yo no. Sí creo que haya ese virus, pero yo digo que ya cuando te toca, pues ni modoâ, comenta nervioso, mientras se acerca su esposa con uno de sus hijos a preguntar si ha vendido algo. No dice nada. Solo hace una seí±a de negación y agacha la cabeza.
Su único miedo es el rumor de que los quieran obligar a no salir a la calle. Es un chisme que se ha corrido entre los ambulantes del Centro, para asustarlos. Pues de los 15 vendedores a los que se pidió su opinión, la mayoría dijo que el Gobierno los va a desalojar, para que la gente no se contagie en sus puestos.
âPues ahora sí que como dijeron, si no me muero de esa cosa, me voy a morir de hambre. Necesitamos trabajar para sostener. El que tiene dinero como quiera, pero uno que vive al día, tiene que trabajar para sacar para la comidaâ, expresó el globero.
Hay días malos y otros peores
De amplio sombrero a rallas blanco con negro, lentes oscuros y coleta, Isidro López Valdez lleva desde los 18 aí±os sobreviviendo de la venta de semillas, garapií±ados, dulces chicles y cigarros, en la tradicional canasta de mimbre.
No terminó la secundaria. Desde muy chico comenzó a trabajar de albaí±il, cuando completó la mayoría de edad, un amigo le dijo que se fuera con él a trabajar vendiendo semillas en el Centro. Desde entonces es su forma de subsistir y ayudar a sus padres.
Sabe que la venta no siempre es segura, que hay días buenos, otros malos y unos peores, pero siempre se repone. Pero esta vez, ya van varios días malos y teme que así continúen, porque cada vez ve menos gente en la calle, y eso ha disminuido sus ventas.
âDesde que empezaron a decir de eso, hace unos días, empezó a bajar la venta, pues toda la gente andan bien asustados. La gente está escondida, hay poca gente en la calleâ, platicó Isidro, frente a su canasta apoyada sobre una caja de reja.
No piensa irse a su casa por las recomendaciones de la contingencia. Asegura no tenerle miedo al contagio. Solo a que le dejen de comprar. Este viernes, por ejemplo, solo llevaba tres bolsitas de semillas vendidas.
Le cuentan compaí±eros que en algún momento las cosas se pueden poner difíciles, si llegan a aumentar los contagios y se obligue a la gente a no salir de sus casas. En caso de que eso pasara, comenta que tendría que irse a vender tocando casa por casa.
âPorque yo no puedo dejar de trabajar, ¿de qué voy a vivir si no trabajo? Pero yo creo que es una cosa que nomás es de pasada, para que se asusta uno, alcabo para morir nacimosâ, refiere Isidro, mientras ve llegar a otros de sus compaí±eros vendedores.
La mayoría de los ambulantes del Centro coincide con sus colegas. Que el coronavirus ya les pegó en sus bolsillos y que si la contingencia continúa varios meses, ellos serán sus primeras víctimas, sin siquiera haberse contagiado.