Por: Rosalío González Saltillo, Coah.- Al buscar entre la historia, siempre quedan testimonios que no borró el tiempo, recuerdos que al verse y escucharse pueden explicar a detalle la vida privada de hombres públicos, seres ordinarios que trascendieron en el imaginario colectivo por haber ostentando el máximo poder político en Coahuila y el país. Las anécdotas más íntimas y verdades históricas de algunos gobernadores y presidentes de la República que vivieron en Saltillo sólo pueden ser contadas por sus escenarios y personajes más cercanos: cocineras, peluqueros, amigos y sus propias casas que, aunque han cambiado, conservan entre sus paredes el misterio de lo privado. LA CASA DE LAS VISITAS En 1930 se puso la primera piedra de El Álamo, una residencia que se utilizó como centro de operaciones de la próspera hacienda de los Ortiz y que además fue el hogar de uno de los exgobernadores más reconocidos en la historia de Coahuila, don Nazario Ortiz Garza. La casa de dos plantas se construyó para brindar comodidad a la familia formada por doña Rebeca Rodríguez y sus hijos Nazario y Mario. “La propiedad tuvo 300 hectáreas de terreno que se utilizaron como viñedos”, comentó Mario Ortiz, uno de los nietos del exmandatario. En El Álamo se hospedaron al menos tres presidentes de la República: Lázaro Cárdenas del Río, Miguel Alemán Valdés y Adolfo López Mateos, debido a que el coahuilense fue asesor político, confidente y consejero personal de los tres, e incluso formó parte del gabinete de Alemán Valdés como secretario de Agricultura y Ganadería, allá en 1946. En el primer piso, la residencia tiene una estancia y una sala, dos comedores y una cocina, así como obras de arte, entre ellas la más grande e importante para la familia, “un cuadro donde el hermano del expresidente Alemán pintó al Gobernador”. En ese óleo se ve a don Nazario junto a sus hijos desde su oficina en el Palacio de Gobierno. Los dormitorios donde se hospedaron los presidentes y otros invitados importantes como el torero Fermín Espinosa “Armillita” se ubican en la segunda planta, “cada uno de ellos pintado de color diferente” por órdenes del propio constructor y expropietario, dijo el nieto encargado de la remodelación que se le realizó a la casa a principios de este año. El comedor era el lugar favorito del exlíder del Palacio Rosa, por la grandeza del salón y el propio comedor, donde hay más de una docena de elegantes sillas y un par de candelabros de cristal que cuelgan para iluminarlo. “La casa es muy grande y requiere de mucho dinero para su mantenimiento”, recursos que antiguamente provenían de las ganancias de la producción de uvas, sin embargo, de la próspera hacienda no queda casi nada. La modernidad alcanzó a El Álamo y su extensión se ha reducido, además de que sus interminables campos fueron mutilados; actualmente se ubica a unos metros de la calzada Antonio Narro, cerca de la UAAAN. A SOLAS CON FLORES TAPIA Las necesidades ordinarias de los hombres que ejercen cargos extraordinarios son lo que los acerca a la realidad no sólo social, sino también física. Don Fidel Luna, un peluquero profesional que desde hace 60 años ejerce el oficio, casi arte, de cortar el cabello, vivió de cerca el poder cuando el gobernador Óscar Flores Tapia comenzó a frecuentarlo. “Era un señor de una presencia imponente y de pláticas prolongadas”, cuenta. En 1973, don Fidel abandonó la peluquería del Hotel San Luis para abrir la suya sobre la calle Acuña, que hasta la actualidad sigue en funciones, aunque “el Gobernador no iba al negocio, prefería que el servicio se hiciera en su casa. “Mientras le cortaba el cabello pedía que nadie nos molestara”, recordó el peluquero que vio en muchas ocasiones a un Flores Tapia disentido, leyendo el periódico mientras le arreglaban el cabello, “que por cierto, le gustaba que se lo dejara muy corto”. El exgobernador era un hombre canoso que no usaba barba ni bigote y que dejó que sus cejas pobladas e intensamente negras fueran su rasgo representativo, “porque era muy austero en lo demás”. Cuenta que Flores Tapia vivía en una casa muy bonita en la esquina del bulevar Valdés Sánchez e Hidalgo, que actualmente es utilizada como funeraria, un sitio que alberga situaciones opuestas al carácter y humor del exmandatario, “porque era un hombre verdaderamente alegre, platicaba muchas cosas. A mí me preguntaba sobre el negocio, eso sí, nunca lo vi tratar de política porque, repito, a él no le gustaba hablar de su trabajo mientras lo atendía”. El peluquero Luna cuenta entre sus logros reconocimientos por venir de una añeja escuela de atención y cuidado al cabello de hombres, “y también de gobernadores”, pues Flores Tapia no fue el único hombre de poder que lo solicitó como peluquero oficial. Antes, don Fidel visitó la residencia de otro exgobernador, una casa ampliamente iluminada por la belleza de un gran jardín que se ubica sobre la calle Cuauhtémoc, en la esquina con la calzada Madero, “era donde vivía el señor Braulio Fernández con su esposa. “Él no era de aquí, venía de La Laguna, pero en cuanto llegó se volvió un cliente frecuente mío, yo entonces (1963) todavía trabajaba en el Hotel San Luis”, que estuvo ubicado sobre Padre Flores y Abbott. “Este gobernador era muy diferente a Flores Tapia, era todo seriedad y formalidad”, asegura el peluquero, que en su momento llegó a utilizar máquinas manuales para cortar el cabello de sus clientes. A Braulio Fernández le gustaba el cabello medianamente corto, “pero él sí utilizó bigote, así que tenía que rasurarlo, me tenía la confianza de que le pasara la navaja. Imagínate la responsabilidad y luego que a él nada más se le enchinaba el cuero”, recordó don Fidel con un dejo de orgullo. Durante su sexenio (1963-1969), don Braulio fue un fiel admirador de la calle Victoria y el Centro de la ciudad, pues en ocasiones caminaba desde su casa hasta el Palacio Rosa para ir a despachar, y durante sus tiempos libres frecuentó el cine Palacio. “Para mí, todos los clientes son importantes, pero sin duda la experiencia de conocer tan cerca a estos dos hombres es punto y aparte”, dijo el talentoso peluquero, que conserva sus protocolos y “ceremonias” al atender a sus clientes. ‘LA CASA DEL CAÑÓN’ Uno de los exgobernadores más interesantes de la historia local es don Miguel Cárdenas de los Santos, un hombre excéntrico y severo que gobernó Coahuila desde 1894 hasta 1909, como cacique o rey. Los Cárdenas venían de España y por sus antecedentes financieros lograron enlazarse con las familias más ricas del norte de México desde que llegaron a Saltillo a mediados del siglo 17, narró José Claudio Cárdenas, descendiente de la familia y hombre dedicado al estudio de la historia de sus ancestros. En 1894, con Porfirio Díaz en la Presidencia de la República, don Miguel tomó el cargo de Gobernador, “era un compadre del Presidente y además representaba los intereses del poder económico de la región. “La casa del Gobernador estaba sobre la calle Iturbide”, que con los años perdió el nombre y ahora se llama Manuel Pérez Treviño, en pleno Centro de la ciudad. “Era una casa de estilo porfiriano, afrancesada, que por desgracia fue vandalizada durante la Revolución Mexicana”. De la propiedad no queda más que la nostalgia del lugar, hoy habitado por otra gente en una ciudad que parece ser otra. “Por ahí está un edificio de departamentos y unas casas y negocios”, precisó José Claudio. Cuando la casa se fincó, don Miguel Cárdenas pidió a los constructores que trajeran uno de los cañones que fueron abandonados a las afueras de la ciudad durante la intervención norteamericana, para después incrustarlo en la fachada de su casa. Sin duda una excentricidad del Porfiriato, cuando había que demostrar poder. La residencia del exmandatario ocupó la dirección Iturbide 777 y hasta la actualidad algunas de las casas que se construyeron sobre las cenizas de aquella época siguen siendo propiedad de los Cárdenas. A unas cuantas cuadras de su residencia, el exgobernador porfirista edificó una de sus máximas obras: la Escuela Normal Superior del Estado, que ya existía como institución, pero que no contó con un edificio oficial hasta que don Miguel se los construyó frente a la cara norte de la Alameda. En “la casa del cañón” se efectuaron múltiples reuniones de una familia completamente ligada al nepotismo y contraria a la Revolución, pues fueron don Miguel y sus familiares los que construyeron una red de poder para detener el movimiento de Francisco I. Madero, el coahuilense y “apóstol de la democracia”. Los encuentros en la mansión fueron fructíferos, pues toda la familia estaba como el cañón, incrustada, pero no en la fachada, sino en el Gobierno: don Melchor en la Secretaría de Gobernación; José María, como director de Correos; la economía estaba en manos de don Severiano; las alcaldías de Torreón y General Cepeda con Vicente y Juan, respectivamente, y finalmente el sector empresarial con don Amador Cárdenas, el dueño de La Flor, una de las haciendas más prósperas en la Comarca Lagunera en aquella época. En 1909, ante el inminente triunfo de Madero sobre los Cárdenas, el Gobernador viajó a la Ciudad de México agobiado por el conflicto político y la crisis económica que cruzaba el estado, pero en esa ocasión no recibió el apoyo incondicional de su compadre Díaz, sino que este le pidió su renuncia, la misma que anunció desde el Castillo de Chapultepec, clausurando una época y una casa histórica. La primera se guarda en los libros; de la segunda, no queda más que la referencia. LA COCINERA, EN AVIONETA La política no tiene un sabor definido: amarga o dulce, picante, agria, insípida. Todo depende del momento, los personajes y el escenario, pero es la mesa lo que reúne a los políticos con su entorno más cercano: esposa, hijos, amigos y colaboradores. De cuatro sexenios, la señora Socorro Vázquez recuerda los días de gloria, cuando en una avioneta fue enviada en varias ocasiones a diferentes destinos al interior del estado para llegar antes que el Gobernador en turno y preparar los alimentos. Fue contratada como cocinera “oficial” y pudo conocer tanto a los mandatarios como a sus esposas, “unas mujeres finas, educadas, atentas, de las que tuve la fortuna de ganarme su confianza”, dijo doña Soco. Ella trabajó primero para el general Raúl Madero, “cuando fue gobernador (de 1957 a 1963) y se mudó a la casa de Acuña”, una residencia con estilo campirano ubicada al sur de la mencionada calle. “La esposa del señor era la señora Dora González”, comentó la cocinera con un gran respeto por sus expatrones, que parecen estar sentados frente a ella. Pero antes de entrar de lleno a su cercanía con el poder, Socorro trabajó en la casa de los Ochoa. “Conocí a Mario desde que estaba en pañales”, dijo, imitando traer a un niño en brazos. El Mario al que se refirió se apellida Ochoa Rivera y fue rector de la Universidad Autónoma de Coahuila, sin embargo, teme que no la recuerde porque, dice, “lo dejé muy chiquito”. Volviendo con el general, contó la cocinera que fue tanta la confianza y el cariño que le adquirió él a su comida, que después pregonaba “debes probar la comida de Socorro”, al grado de que pedía que solamente ella o su esposa tocaran los alimentos que se servían en la mesa. “Don Raúl fue un hombre muy tranquilo por su trabajo y carácter, para mí siempre tuvo gestos de agradecimiento por la comida que preparé para él y su familia”. Esa tranquilidad se prolongó seis años más, cuando recomendada por el general, Socorro pasó a la casa de los Fernández, durante el sexenio de don Braulio. “La señora Lucía era un encanto, a la hora del desayuno entraba a la cocina a pedirme que le ayudara a preparar lo que se le iba a servir al señor”, aunque cuenta que el exgobernador era muy delicado y cuidadoso con su alimento. “Tomaba café y fruta picada, después una o dos gorditas. “Con eso amarraba las energías para pasar la primera parte de la jornada. Por la tarde la comida era más fuerte, aunque casi siempre comía en la barra de la cocina rápidamente”, dijo Socorro, quien a la primera oportunidad aprovechaba para espantar a los colaboradores del exgobernador para que por lo menos lo dejaran comer en paz. Después de ese sexenio, ella se retiró de las cocinas del poder para trabajar en el servicio de un colegio religioso, de donde fue llamada a regresar al ajetreo político durante el gobierno de Flores Tapia, con quien aceptó trabajar para vivir una de las experiencias que hasta hoy no olvida: subirse a una avioneta. “Don Óscar tenía muy buen diente, le gustaba la carne, principalmente seca, o si no el menudo, pero bien caliente”, comentó Socorro, quien tuvo oportunidad de estar muy cerca del exmandatario en los que ella llama “tiempos difíciles”, los meses que precedieron a la renuncia del Gobernador en 1981. “Le agradezco a Flores Tapia que me haya dado la oportunidad de subirme a una avioneta para acompañarlo en algunas de sus giras y hacerle de comer a donde llegáramos”. Con la salida de don Óscar, ella no fue requerida por el gobernador interino, Francisco José Madero, sino hasta la entrada del abogado José de las Fuentes al Gobierno, en el que aprendió que una olla de café caliente nunca debe faltar. “Don José tomaba café con mucha frecuencia, entonces debía tener siempre reservas para calentar”, dijo Socorro. Como buen norteño, el político disfrutaba de la machaca y el cabrito cada que se podía. “La señora Elsita me procuró mucho”, recordó Soco al ver la fotografía de la familia De las Fuentes que entregaron durante la campaña política del Gobernador y que ella guarda en la sala de su casa como recuerdo de una época llena de buenos momentos para una mujer que tocó las delicias del poder. LA CASA DE LAS HERMANAS Convertida hoy en una casa de muñecas y detalles, fue hace un siglo el hogar de las hermanas del hombre más poderoso del país: doña Lupita y Ana María Carranza, quienes se hicieron compañía frente a la iglesia de San Francisco mientras su hermano Venustiano partía a la Revolución. La familia Carranza Garza fue grande. Según su árbol genealógico, el exgobernador tuvo cuatro hermanos y 11 hermanas, todos nacidos en Cuatro Ciénegas, Coahuila. Con el paso del tiempo dos de las hermanas Carranza, Guadalupe, que nunca se casó ni tuvo hijos, y Ana María, se vinieron a vivir a Saltillo. Una vida que para nada fue de gloria, pues su casa, aunque era grande, parecía una cueva de adobe, una residencia oscura y rancia. Quizá don Venustiano caminó en varias ocasiones desde su despacho como Gobernador (1911-1913) hasta la casa de sus hermanas, ubicada sobre la calle Victoriano Cepeda, frente a la iglesia de San Francisco, y la recientemente construida Plaza Ateneo, que antes también fue propiedad de la orden franciscana. Actualmente la casa tiene una antesala, dos patios, un par de salas, tres recámaras, una cocina y un comedor; una biblioteca, un escenario para obras de teatro y el sótano, sin embargo, “todo fue reconstruido por las hermanas Zapata cuando la compraron a las nietas del exgobernador”. La actriz de teatro y escritora Elba Ortiz Zapata es quien, junto con sus tías, se dedicó a rescatar la residencia de las Carranza, que “era un sitio inhabitable, mal construido, demasiado raro y con pésimo gusto”. Se dice que a las señoras les gustaba vivir en la oscuridad, las ventanas las tenían clausuradas y las habían asegurado para que no fueran abiertas; el portón, que es grande y que se conserva original, también estaba completamente sellado a la luz y a la vida, solamente tenía unas pequeñas puertas inferiores para que las hermanas hicieran los encargos a los niños que pasaban. “Eran ideas muy raras, no sé si se cuidaban de alguien o si a ellas les gustaba vivir así, porque sus habitaciones, que eran enormes y mal decoradas, tenían unos techos altísimos, sin embargo, eran oscuras, como enormes cajas de adobe. “El techo estaba sostenido por morillos que estaban en mal estado” relataron, e incluso uno de esos morillos fue llevado al Archivo Municipal como parte de las reliquias de los Carranza, una vez que las hermanas Zapata reconstruyeron el interior de la residencia. “En la remodelación picaron el piso y se descubrió que no era el original, sino que habían puesto capas de pisos una sobre la otra, hasta hacerlo de un gran grosor y al final descubrimos el piso original; eso es algo inentendible, no sé qué escondían”, dijo la escritora y dueña. Lo más normal que las hermanas Guadalupe y Ana María Carranza tuvieron fue la cocina, que estuvo acondicionada con un hoyo en el techo para el tiro de la estufa, donde salía el humo. “En la casa no se escuchan voces ni se presentan fenómenos de ningún tipo”, sin embargo, en la parte trasera de la propiedad, en el segundo patio que antes era corral, había dos pequeños cuartos de pisos bonitos que nunca se supo para qué los ocuparon sus exdueñas. Cuánto se habrá vivido en aquella casa fría, cuántas lágrimas derramadas por las Carranza cuando se enteraron del cobarde asesinato de su hermano. ¿Habrán celebrado los triunfos de su querido Venustiano?, todo se quedó en los muros y secretos de las hermanas del expresidente y Gobernador. EL VOCEADOR DEL GOBERNADOR Sobre unas torres de periódico vio sentarse a varios exgobernadores “que pasaban por aquí hacia el Palacio”, dijo don Antonio, Toño para los amigos, “La Bola” para los cuates, quien desde hace 62 años trabaja como voceador en la emblemática calle Victoria, del Centro de Saltillo. Como pase de lista, el hombre nombró a sus clientes, quienes alguna vez ostentaron el poder. “El licenciado José –de las Fuentes–, Braulio Fernández, don Montemayor, el platicador de Eulalio Gutiérrez y claro, Humberto”. Con este último exmandatario tiene una historia muy particular: le ayudaba a vender periódico. Sí, Humberto Moreira fue uno de los más de 80 niños que trabajaron con “La Bola” cuando el periódico se vendía, “y no había todas esas cosas modernas donde ahora se leen las noticias. “Me ayudaba a vender El Sol de México, tenía como 10 años”, recordó el voceador, quien años después fue reconocido por su trayectoria en el gremio en un evento organizado por el mismo chamaco que le trabajó y que en 2003 fue elegido Alcalde de la ciudad. “De él y de don Rogelio me acuerdo mucho porque era Montemayor un cliente de periódicos bastante madrugador. Pasaba tempranito a comprar la prensa nacional y cuando no llegaba se enojaba y le decía yo que era porque no había podido aterrizar el avión en el aeropuerto”. Quien también disfrutaba o sufría, dependiendo de las noticias, era el exgobernador Braulio Fernández, “un señor de aquellos que ya no se hacen y que leía religiosamente el periódico Excélsior, de México”, considerado uno de los mejores diarios del país. “Don Braulio pasaba de su casa (ubicada frente a la Alameda) al Palacio y me pedía el periódico, me daba un billete de 50 y se iba, me decía ‘quédate la feria’, que era mucha porque el periódico costaba 10. “A veces se detenían a preguntarme cómo veía la situación, todos menos Flores Tapia, él nunca me cayó bien, pero los demás sí se interesaban en el gremio de voceadores”. Don Antonio “La Bola” fue líder sindical de los vendedores de periódicos, revistas y publicaciones en la ciudad de 1988 a 1990 y después tuvo algunas responsabilidades nacionales en el sector. “Ahora veo la vida pasar desde aquí, ya muy lejos de aquellos años en que los gobernadores se fijaban en uno”.