Las anécdotas más Ãntimas y verdades históricas de algunos gobernadores y presidentes de la República que vivieron en Saltillo
Por: RosalÃo González
Saltillo, Coah.- Al buscar entre la historia, siempre quedan testimonios que no borró el tiempo, recuerdos que al verse y escucharse pueden explicar a detalle la vida privada de hombres públicos, seres ordinarios que trascendieron en el imaginario colectivo por haber ostentando el máximo poder polÃtico en Coahuila y el paÃs.
Las anécdotas más Ãntimas y verdades históricas de algunos gobernadores y presidentes de la República que vivieron en Saltillo sólo pueden ser contadas por sus escenarios y personajes más cercanos: cocineras, peluqueros, amigos y sus propias casas que, aunque han cambiado, conservan entre sus paredes el misterio de lo privado.
LA CASA DE LAS VISITAS
En 1930 se puso la primera piedra de El Ãlamo, una residencia que se utilizó como centro de operaciones de la próspera hacienda de los Ortiz y que además fue el hogar de uno de los exgobernadores más reconocidos en la historia de Coahuila, don Nazario Ortiz Garza.
La casa de dos plantas se construyó para brindar comodidad a la familia formada por doña Rebeca RodrÃguez y sus hijos Nazario y Mario. “La propiedad tuvo 300 hectáreas de terreno que se utilizaron como viñedosâ€, comentó Mario Ortiz, uno de los nietos del exmandatario.
En El Ãlamo se hospedaron al menos tres presidentes de la República: Lázaro Cárdenas del RÃo, Miguel Alemán Valdés y Adolfo López Mateos, debido a que el coahuilense fue asesor polÃtico, confidente y consejero personal de los tres, e incluso formó parte del gabinete de Alemán Valdés como secretario de Agricultura y GanaderÃa, allá en 1946.
En el primer piso, la residencia tiene una estancia y una sala, dos comedores y una cocina, asà como obras de arte, entre ellas la más grande e importante para la familia, “un cuadro donde el hermano del expresidente Alemán pintó al Gobernadorâ€. En ese óleo se ve a don Nazario junto a sus hijos desde su oficina en el Palacio de Gobierno.
Los dormitorios donde se hospedaron los presidentes y otros invitados importantes como el torero FermÃn Espinosa “Armillita†se ubican en la segunda planta, “cada uno de ellos pintado de color diferente†por órdenes del propio constructor y expropietario, dijo el nieto encargado de la remodelación que se le realizó a la casa a principios de este año.
El comedor era el lugar favorito del exlÃder del Palacio Rosa, por la grandeza del salón y el propio comedor, donde hay más de una docena de elegantes sillas y un par de candelabros de cristal que cuelgan para iluminarlo.
“La casa es muy grande y requiere de mucho dinero para su mantenimientoâ€, recursos que antiguamente provenÃan de las ganancias de la producción de uvas, sin embargo, de la próspera hacienda no queda casi nada. La modernidad alcanzó a El Ãlamo y su extensión se ha reducido, además de que sus interminables campos fueron mutilados; actualmente se ubica a unos metros de la calzada Antonio Narro, cerca de la UAAAN.
A SOLAS CON FLORES TAPIA
Las necesidades ordinarias de los hombres que ejercen cargos extraordinarios son lo que los acerca a la realidad no sólo social, sino también fÃsica.
Don Fidel Luna, un peluquero profesional que desde hace 60 años ejerce el oficio, casi arte, de cortar el cabello, vivió de cerca el poder cuando el gobernador Óscar Flores Tapia comenzó a frecuentarlo. “Era un señor de una presencia imponente y de pláticas prolongadasâ€, cuenta.
En 1973, don Fidel abandonó la peluquerÃa del Hotel San Luis para abrir la suya sobre la calle Acuña, que hasta la actualidad sigue en funciones, aunque “el Gobernador no iba al negocio, preferÃa que el servicio se hiciera en su casa.
“Mientras le cortaba el cabello pedÃa que nadie nos molestaraâ€, recordó el peluquero que vio en muchas ocasiones a un Flores Tapia disentido, leyendo el periódico mientras le arreglaban el cabello, “que por cierto, le gustaba que se lo dejara muy cortoâ€.
El exgobernador era un hombre canoso que no usaba barba ni bigote y que dejó que sus cejas pobladas e intensamente negras fueran su rasgo representativo, “porque era muy austero en lo demásâ€.
Cuenta que Flores Tapia vivÃa en una casa muy bonita en la esquina del bulevar Valdés Sánchez e Hidalgo, que actualmente es utilizada como funeraria, un sitio que alberga situaciones opuestas al carácter y humor del exmandatario, “porque era un hombre verdaderamente alegre, platicaba muchas cosas. A mà me preguntaba sobre el negocio, eso sÃ, nunca lo vi tratar de polÃtica porque, repito, a él no le gustaba hablar de su trabajo mientras lo atendÃaâ€.
El peluquero Luna cuenta entre sus logros reconocimientos por venir de una añeja escuela de atención y cuidado al cabello de hombres, “y también de gobernadoresâ€, pues Flores Tapia no fue el único hombre de poder que lo solicitó como peluquero oficial.
Antes, don Fidel visitó la residencia de otro exgobernador, una casa ampliamente iluminada por la belleza de un gran jardÃn que se ubica sobre la calle Cuauhtémoc, en la esquina con la calzada Madero, “era donde vivÃa el señor Braulio Fernández con su esposa.
“Él no era de aquÃ, venÃa de La Laguna, pero en cuanto llegó se volvió un cliente frecuente mÃo, yo entonces (1963) todavÃa trabajaba en el Hotel San Luisâ€, que estuvo ubicado sobre Padre Flores y Abbott.
“Este gobernador era muy diferente a Flores Tapia, era todo seriedad y formalidadâ€, asegura el peluquero, que en su momento llegó a utilizar máquinas manuales para cortar el cabello de sus clientes.
A Braulio Fernández le gustaba el cabello medianamente corto, “pero él sà utilizó bigote, asà que tenÃa que rasurarlo, me tenÃa la confianza de que le pasara la navaja. ImagÃnate la responsabilidad y luego que a él nada más se le enchinaba el cueroâ€, recordó don Fidel con un dejo de orgullo.
Durante su sexenio (1963-1969), don Braulio fue un fiel admirador de la calle Victoria y el Centro de la ciudad, pues en ocasiones caminaba desde su casa hasta el Palacio Rosa para ir a despachar, y durante sus tiempos libres frecuentó el cine Palacio.
“Para mÃ, todos los clientes son importantes, pero sin duda la experiencia de conocer tan cerca a estos dos hombres es punto y aparteâ€, dijo el talentoso peluquero, que conserva sus protocolos y “ceremonias†al atender a sus clientes.
‘LA CASA DEL CAÑÓN’
Uno de los exgobernadores más interesantes de la historia local es don Miguel Cárdenas de los Santos, un hombre excéntrico y severo que gobernó Coahuila desde 1894 hasta 1909, como cacique o rey.
Los Cárdenas venÃan de España y por sus antecedentes financieros lograron enlazarse con las familias más ricas del norte de México desde que llegaron a Saltillo a mediados del siglo 17, narró José Claudio Cárdenas, descendiente de la familia y hombre dedicado al estudio de la historia de sus ancestros.
En 1894, con Porfirio DÃaz en la Presidencia de la República, don Miguel tomó el cargo de Gobernador, “era un compadre del Presidente y además representaba los intereses del poder económico de la región.
“La casa del Gobernador estaba sobre la calle Iturbideâ€, que con los años perdió el nombre y ahora se llama Manuel Pérez Treviño, en pleno Centro de la ciudad. “Era una casa de estilo porfiriano, afrancesada, que por desgracia fue vandalizada durante la Revolución Mexicanaâ€.
De la propiedad no queda más que la nostalgia del lugar, hoy habitado por otra gente en una ciudad que parece ser otra. “Por ahà está un edificio de departamentos y unas casas y negociosâ€, precisó José Claudio.
Cuando la casa se fincó, don Miguel Cárdenas pidió a los constructores que trajeran uno de los cañones que fueron abandonados a las afueras de la ciudad durante la intervención norteamericana, para después incrustarlo en la fachada de su casa. Sin duda una excentricidad del Porfiriato, cuando habÃa que demostrar poder.
La residencia del exmandatario ocupó la dirección Iturbide 777 y hasta la actualidad algunas de las casas que se construyeron sobre las cenizas de aquella época siguen siendo propiedad de los Cárdenas.
A unas cuantas cuadras de su residencia, el exgobernador porfirista edificó una de sus máximas obras: la Escuela Normal Superior del Estado, que ya existÃa como institución, pero que no contó con un edificio oficial hasta que don Miguel se los construyó frente a la cara norte de la Alameda.
En “la casa del cañón†se efectuaron múltiples reuniones de una familia completamente ligada al nepotismo y contraria a la Revolución, pues fueron don Miguel y sus familiares los que construyeron una red de poder para detener el movimiento de Francisco I. Madero, el coahuilense y “apóstol de la democraciaâ€.
Los encuentros en la mansión fueron fructÃferos, pues toda la familia estaba como el cañón, incrustada, pero no en la fachada, sino en el Gobierno: don Melchor en la SecretarÃa de Gobernación; José MarÃa, como director de Correos; la economÃa estaba en manos de don Severiano; las alcaldÃas de Torreón y General Cepeda con Vicente y Juan, respectivamente, y finalmente el sector empresarial con don Amador Cárdenas, el dueño de La Flor, una de las haciendas más prósperas en la Comarca Lagunera en aquella época.
En 1909, ante el inminente triunfo de Madero sobre los Cárdenas, el Gobernador viajó a la Ciudad de México agobiado por el conflicto polÃtico y la crisis económica que cruzaba el estado, pero en esa ocasión no recibió el apoyo incondicional de su compadre DÃaz, sino que este le pidió su renuncia, la misma que anunció desde el Castillo de Chapultepec, clausurando una época y una casa histórica. La primera se guarda en los libros; de la segunda, no queda más que la referencia.
LA COCINERA, EN AVIONETA
La polÃtica no tiene un sabor definido: amarga o dulce, picante, agria, insÃpida. Todo depende del momento, los personajes y el escenario, pero es la mesa lo que reúne a los polÃticos con su entorno más cercano: esposa, hijos, amigos y colaboradores.
De cuatro sexenios, la señora Socorro Vázquez recuerda los dÃas de gloria, cuando en una avioneta fue enviada en varias ocasiones a diferentes destinos al interior del estado para llegar antes que el Gobernador en turno y preparar los alimentos.
Fue contratada como cocinera “oficial†y pudo conocer tanto a los mandatarios como a sus esposas, “unas mujeres finas, educadas, atentas, de las que tuve la fortuna de ganarme su confianzaâ€, dijo doña Soco.
Ella trabajó primero para el general Raúl Madero, “cuando fue gobernador (de 1957 a 1963) y se mudó a la casa de Acuñaâ€, una residencia con estilo campirano ubicada al sur de la mencionada calle.
“La esposa del señor era la señora Dora Gonzálezâ€, comentó la cocinera con un gran respeto por sus expatrones, que parecen estar sentados frente a ella. Pero antes de entrar de lleno a su cercanÃa con el poder, Socorro trabajó en la casa de los Ochoa.
“Conocà a Mario desde que estaba en pañalesâ€, dijo, imitando traer a un niño en brazos. El Mario al que se refirió se apellida Ochoa Rivera y fue rector de la Universidad Autónoma de Coahuila, sin embargo, teme que no la recuerde porque, dice, “lo dejé muy chiquitoâ€.
Volviendo con el general, contó la cocinera que fue tanta la confianza y el cariño que le adquirió él a su comida, que después pregonaba “debes probar la comida de Socorroâ€, al grado de que pedÃa que solamente ella o su esposa tocaran los alimentos que se servÃan en la mesa.
“Don Raúl fue un hombre muy tranquilo por su trabajo y carácter, para mà siempre tuvo gestos de agradecimiento por la comida que preparé para él y su familiaâ€.
Esa tranquilidad se prolongó seis años más, cuando recomendada por el general, Socorro pasó a la casa de los Fernández, durante el sexenio de don Braulio.
“La señora LucÃa era un encanto, a la hora del desayuno entraba a la cocina a pedirme que le ayudara a preparar lo que se le iba a servir al señorâ€, aunque cuenta que el exgobernador era muy delicado y cuidadoso con su alimento. “Tomaba café y fruta picada, después una o dos gorditas.
“Con eso amarraba las energÃas para pasar la primera parte de la jornada. Por la tarde la comida era más fuerte, aunque casi siempre comÃa en la barra de la cocina rápidamenteâ€, dijo Socorro, quien a la primera oportunidad aprovechaba para espantar a los colaboradores del exgobernador para que por lo menos lo dejaran comer en paz.
Después de ese sexenio, ella se retiró de las cocinas del poder para trabajar en el servicio de un colegio religioso, de donde fue llamada a regresar al ajetreo polÃtico durante el gobierno de Flores Tapia, con quien aceptó trabajar para vivir una de las experiencias que hasta hoy no olvida: subirse a una avioneta.
“Don Óscar tenÃa muy buen diente, le gustaba la carne, principalmente seca, o si no el menudo, pero bien calienteâ€, comentó Socorro, quien tuvo oportunidad de estar muy cerca del exmandatario en los que ella llama “tiempos difÃcilesâ€, los meses que precedieron a la renuncia del Gobernador en 1981.
“Le agradezco a Flores Tapia que me haya dado la oportunidad de subirme a una avioneta para acompañarlo en algunas de sus giras y hacerle de comer a donde llegáramosâ€.
Con la salida de don Óscar, ella no fue requerida por el gobernador interino, Francisco José Madero, sino hasta la entrada del abogado José de las Fuentes al Gobierno, en el que aprendió que una olla de café caliente nunca debe faltar.
“Don José tomaba café con mucha frecuencia, entonces debÃa tener siempre reservas para calentarâ€, dijo Socorro. Como buen norteño, el polÃtico disfrutaba de la machaca y el cabrito cada que se podÃa.
“La señora Elsita me procuró muchoâ€, recordó Soco al ver la fotografÃa de la familia De las Fuentes que entregaron durante la campaña polÃtica del Gobernador y que ella guarda en la sala de su casa como recuerdo de una época llena de buenos momentos para una mujer que tocó las delicias del poder.
LA CASA DE LAS HERMANAS
Convertida hoy en una casa de muñecas y detalles, fue hace un siglo el hogar de las hermanas del hombre más poderoso del paÃs: doña Lupita y Ana MarÃa Carranza, quienes se hicieron compañÃa frente a la iglesia de San Francisco mientras su hermano Venustiano partÃa a la Revolución.
La familia Carranza Garza fue grande. Según su árbol genealógico, el exgobernador tuvo cuatro hermanos y 11 hermanas, todos nacidos en Cuatro Ciénegas, Coahuila.
Con el paso del tiempo dos de las hermanas Carranza, Guadalupe, que nunca se casó ni tuvo hijos, y Ana MarÃa, se vinieron a vivir a Saltillo. Una vida que para nada fue de gloria, pues su casa, aunque era grande, parecÃa una cueva de adobe, una residencia oscura y rancia.
Quizá don Venustiano caminó en varias ocasiones desde su despacho como Gobernador (1911-1913) hasta la casa de sus hermanas, ubicada sobre la calle Victoriano Cepeda, frente a la iglesia de San Francisco, y la recientemente construida Plaza Ateneo, que antes también fue propiedad de la orden franciscana.
Actualmente la casa tiene una antesala, dos patios, un par de salas, tres recámaras, una cocina y un comedor; una biblioteca, un escenario para obras de teatro y el sótano, sin embargo, “todo fue reconstruido por las hermanas Zapata cuando la compraron a las nietas del exgobernadorâ€.
La actriz de teatro y escritora Elba Ortiz Zapata es quien, junto con sus tÃas, se dedicó a rescatar la residencia de las Carranza, que “era un sitio inhabitable, mal construido, demasiado raro y con pésimo gustoâ€.
Se dice que a las señoras les gustaba vivir en la oscuridad, las ventanas las tenÃan clausuradas y las habÃan asegurado para que no fueran abiertas; el portón, que es grande y que se conserva original, también estaba completamente sellado a la luz y a la vida, solamente tenÃa unas pequeñas puertas inferiores para que las hermanas hicieran los encargos a los niños que pasaban.
“Eran ideas muy raras, no sé si se cuidaban de alguien o si a ellas les gustaba vivir asÃ, porque sus habitaciones, que eran enormes y mal decoradas, tenÃan unos techos altÃsimos, sin embargo, eran oscuras, como enormes cajas de adobe.
“El techo estaba sostenido por morillos que estaban en mal estado†relataron, e incluso uno de esos morillos fue llevado al Archivo Municipal como parte de las reliquias de los Carranza, una vez que las hermanas Zapata reconstruyeron el interior de la residencia.
“En la remodelación picaron el piso y se descubrió que no era el original, sino que habÃan puesto capas de pisos una sobre la otra, hasta hacerlo de un gran grosor y al final descubrimos el piso original; eso es algo inentendible, no sé qué escondÃanâ€, dijo la escritora y dueña.
Lo más normal que las hermanas Guadalupe y Ana MarÃa Carranza tuvieron fue la cocina, que estuvo acondicionada con un hoyo en el techo para el tiro de la estufa, donde salÃa el humo.
“En la casa no se escuchan voces ni se presentan fenómenos de ningún tipoâ€, sin embargo, en la parte trasera de la propiedad, en el segundo patio que antes era corral, habÃa dos pequeños cuartos de pisos bonitos que nunca se supo para qué los ocuparon sus exdueñas.
Cuánto se habrá vivido en aquella casa frÃa, cuántas lágrimas derramadas por las Carranza cuando se enteraron del cobarde asesinato de su hermano. ¿Habrán celebrado los triunfos de su querido Venustiano?, todo se quedó en los muros y secretos de las hermanas del expresidente y Gobernador.
EL VOCEADOR DEL GOBERNADOR
Sobre unas torres de periódico vio sentarse a varios exgobernadores “que pasaban por aquà hacia el Palacioâ€, dijo don Antonio, Toño para los amigos, “La Bola†para los cuates, quien desde hace 62 años trabaja como voceador en la emblemática calle Victoria, del Centro de Saltillo.
Como pase de lista, el hombre nombró a sus clientes, quienes alguna vez ostentaron el poder. “El licenciado José –de las Fuentes–, Braulio Fernández, don Montemayor, el platicador de Eulalio Gutiérrez y claro, Humbertoâ€.
Con este último exmandatario tiene una historia muy particular: le ayudaba a vender periódico. SÃ, Humberto Moreira fue uno de los más de 80 niños que trabajaron con “La Bola†cuando el periódico se vendÃa, “y no habÃa todas esas cosas modernas donde ahora se leen las noticias.
“Me ayudaba a vender El Sol de México, tenÃa como 10 añosâ€, recordó el voceador, quien años después fue reconocido por su trayectoria en el gremio en un evento organizado por el mismo chamaco que le trabajó y que en 2003 fue elegido Alcalde de la ciudad.
“De él y de don Rogelio me acuerdo mucho porque era Montemayor un cliente de periódicos bastante madrugador. Pasaba tempranito a comprar la prensa nacional y cuando no llegaba se enojaba y le decÃa yo que era porque no habÃa podido aterrizar el avión en el aeropuertoâ€.
Quien también disfrutaba o sufrÃa, dependiendo de las noticias, era el exgobernador Braulio Fernández, “un señor de aquellos que ya no se hacen y que leÃa religiosamente el periódico Excélsior, de Méxicoâ€, considerado uno de los mejores diarios del paÃs.
“Don Braulio pasaba de su casa (ubicada frente a la Alameda) al Palacio y me pedÃa el periódico, me daba un billete de 50 y se iba, me decÃa ‘quédate la feria’, que era mucha porque el periódico costaba 10.
“A veces se detenÃan a preguntarme cómo veÃa la situación, todos menos Flores Tapia, él nunca me cayó bien, pero los demás sà se interesaban en el gremio de voceadoresâ€.
Don Antonio “La Bola†fue lÃder sindical de los vendedores de periódicos, revistas y publicaciones en la ciudad de 1988 a 1990 y después tuvo algunas responsabilidades nacionales en el sector.
“Ahora veo la vida pasar desde aquÃ, ya muy lejos de aquellos años en que los gobernadores se fijaban en unoâ€.
En el primer piso, la residencia tiene una estancia y una sala, dos comedores y una cocina, asà como obras de arte, entre ellas la más grande e importante para la familia, “un cuadro donde el hermano del expresidente Alemán pintó al Gobernadorâ€. En ese óleo se ve a don Nazario junto a sus hijos desde su oficina en el Palacio de Gobierno.
Los dormitorios donde se hospedaron los presidentes y otros invitados importantes como el torero FermÃn Espinosa “Armillita†se ubican en la segunda planta, “cada uno de ellos pintado de color diferente†por órdenes del propio constructor y expropietario, dijo el nieto encargado de la remodelación que se le realizó a la casa a principios de este año.
El comedor era el lugar favorito del exlÃder del Palacio Rosa, por la grandeza del salón y el propio comedor, donde hay más de una docena de elegantes sillas y un par de candelabros de cristal que cuelgan para iluminarlo.
“La casa es muy grande y requiere de mucho dinero para su mantenimientoâ€, recursos que antiguamente provenÃan de las ganancias de la producción de uvas, sin embargo, de la próspera hacienda no queda casi nada. La modernidad alcanzó a El Ãlamo y su extensión se ha reducido, además de que sus interminables campos fueron mutilados; actualmente se ubica a unos metros de la calzada Antonio Narro, cerca de la UAAAN.
A SOLAS CON FLORES TAPIA
Las necesidades ordinarias de los hombres que ejercen cargos extraordinarios son lo que los acerca a la realidad no sólo social, sino también fÃsica.
Don Fidel Luna, un peluquero profesional que desde hace 60 años ejerce el oficio, casi arte, de cortar el cabello, vivió de cerca el poder cuando el gobernador Óscar Flores Tapia comenzó a frecuentarlo. “Era un señor de una presencia imponente y de pláticas prolongadasâ€, cuenta.
En 1973, don Fidel abandonó la peluquerÃa del Hotel San Luis para abrir la suya sobre la calle Acuña, que hasta la actualidad sigue en funciones, aunque “el Gobernador no iba al negocio, preferÃa que el servicio se hiciera en su casa.
“Mientras le cortaba el cabello pedÃa que nadie nos molestaraâ€, recordó el peluquero que vio en muchas ocasiones a un Flores Tapia disentido, leyendo el periódico mientras le arreglaban el cabello, “que por cierto, le gustaba que se lo dejara muy cortoâ€.
El exgobernador era un hombre canoso que no usaba barba ni bigote y que dejó que sus cejas pobladas e intensamente negras fueran su rasgo representativo, “porque era muy austero en lo demásâ€.
Cuenta que Flores Tapia vivÃa en una casa muy bonita en la esquina del bulevar Valdés Sánchez e Hidalgo, que actualmente es utilizada como funeraria, un sitio que alberga situaciones opuestas al carácter y humor del exmandatario, “porque era un hombre verdaderamente alegre, platicaba muchas cosas. A mà me preguntaba sobre el negocio, eso sÃ, nunca lo vi tratar de polÃtica porque, repito, a él no le gustaba hablar de su trabajo mientras lo atendÃaâ€.
El peluquero Luna cuenta entre sus logros reconocimientos por venir de una añeja escuela de atención y cuidado al cabello de hombres, “y también de gobernadoresâ€, pues Flores Tapia no fue el único hombre de poder que lo solicitó como peluquero oficial.
Antes, don Fidel visitó la residencia de otro exgobernador, una casa ampliamente iluminada por la belleza de un gran jardÃn que se ubica sobre la calle Cuauhtémoc, en la esquina con la calzada Madero, “era donde vivÃa el señor Braulio Fernández con su esposa.
“Él no era de aquÃ, venÃa de La Laguna, pero en cuanto llegó se volvió un cliente frecuente mÃo, yo entonces (1963) todavÃa trabajaba en el Hotel San Luisâ€, que estuvo ubicado sobre Padre Flores y Abbott.
“Este gobernador era muy diferente a Flores Tapia, era todo seriedad y formalidadâ€, asegura el peluquero, que en su momento llegó a utilizar máquinas manuales para cortar el cabello de sus clientes.
A Braulio Fernández le gustaba el cabello medianamente corto, “pero él sà utilizó bigote, asà que tenÃa que rasurarlo, me tenÃa la confianza de que le pasara la navaja. ImagÃnate la responsabilidad y luego que a él nada más se le enchinaba el cueroâ€, recordó don Fidel con un dejo de orgullo.
Durante su sexenio (1963-1969), don Braulio fue un fiel admirador de la calle Victoria y el Centro de la ciudad, pues en ocasiones caminaba desde su casa hasta el Palacio Rosa para ir a despachar, y durante sus tiempos libres frecuentó el cine Palacio.
“Para mÃ, todos los clientes son importantes, pero sin duda la experiencia de conocer tan cerca a estos dos hombres es punto y aparteâ€, dijo el talentoso peluquero, que conserva sus protocolos y “ceremonias†al atender a sus clientes.
‘LA CASA DEL CAÑÓN’
Uno de los exgobernadores más interesantes de la historia local es don Miguel Cárdenas de los Santos, un hombre excéntrico y severo que gobernó Coahuila desde 1894 hasta 1909, como cacique o rey.
Los Cárdenas venÃan de España y por sus antecedentes financieros lograron enlazarse con las familias más ricas del norte de México desde que llegaron a Saltillo a mediados del siglo 17, narró José Claudio Cárdenas, descendiente de la familia y hombre dedicado al estudio de la historia de sus ancestros.
En 1894, con Porfirio DÃaz en la Presidencia de la República, don Miguel tomó el cargo de Gobernador, “era un compadre del Presidente y además representaba los intereses del poder económico de la región.
“La casa del Gobernador estaba sobre la calle Iturbideâ€, que con los años perdió el nombre y ahora se llama Manuel Pérez Treviño, en pleno Centro de la ciudad. “Era una casa de estilo porfiriano, afrancesada, que por desgracia fue vandalizada durante la Revolución Mexicanaâ€.
De la propiedad no queda más que la nostalgia del lugar, hoy habitado por otra gente en una ciudad que parece ser otra. “Por ahà está un edificio de departamentos y unas casas y negociosâ€, precisó José Claudio.
Cuando la casa se fincó, don Miguel Cárdenas pidió a los constructores que trajeran uno de los cañones que fueron abandonados a las afueras de la ciudad durante la intervención norteamericana, para después incrustarlo en la fachada de su casa. Sin duda una excentricidad del Porfiriato, cuando habÃa que demostrar poder.
La residencia del exmandatario ocupó la dirección Iturbide 777 y hasta la actualidad algunas de las casas que se construyeron sobre las cenizas de aquella época siguen siendo propiedad de los Cárdenas.
A unas cuantas cuadras de su residencia, el exgobernador porfirista edificó una de sus máximas obras: la Escuela Normal Superior del Estado, que ya existÃa como institución, pero que no contó con un edificio oficial hasta que don Miguel se los construyó frente a la cara norte de la Alameda.
En “la casa del cañón†se efectuaron múltiples reuniones de una familia completamente ligada al nepotismo y contraria a la Revolución, pues fueron don Miguel y sus familiares los que construyeron una red de poder para detener el movimiento de Francisco I. Madero, el coahuilense y “apóstol de la democraciaâ€.
Los encuentros en la mansión fueron fructÃferos, pues toda la familia estaba como el cañón, incrustada, pero no en la fachada, sino en el Gobierno: don Melchor en la SecretarÃa de Gobernación; José MarÃa, como director de Correos; la economÃa estaba en manos de don Severiano; las alcaldÃas de Torreón y General Cepeda con Vicente y Juan, respectivamente, y finalmente el sector empresarial con don Amador Cárdenas, el dueño de La Flor, una de las haciendas más prósperas en la Comarca Lagunera en aquella época.
En 1909, ante el inminente triunfo de Madero sobre los Cárdenas, el Gobernador viajó a la Ciudad de México agobiado por el conflicto polÃtico y la crisis económica que cruzaba el estado, pero en esa ocasión no recibió el apoyo incondicional de su compadre DÃaz, sino que este le pidió su renuncia, la misma que anunció desde el Castillo de Chapultepec, clausurando una época y una casa histórica. La primera se guarda en los libros; de la segunda, no queda más que la referencia.
LA COCINERA, EN AVIONETA
La polÃtica no tiene un sabor definido: amarga o dulce, picante, agria, insÃpida. Todo depende del momento, los personajes y el escenario, pero es la mesa lo que reúne a los polÃticos con su entorno más cercano: esposa, hijos, amigos y colaboradores.
De cuatro sexenios, la señora Socorro Vázquez recuerda los dÃas de gloria, cuando en una avioneta fue enviada en varias ocasiones a diferentes destinos al interior del estado para llegar antes que el Gobernador en turno y preparar los alimentos.
Fue contratada como cocinera “oficial†y pudo conocer tanto a los mandatarios como a sus esposas, “unas mujeres finas, educadas, atentas, de las que tuve la fortuna de ganarme su confianzaâ€, dijo doña Soco.
Ella trabajó primero para el general Raúl Madero, “cuando fue gobernador (de 1957 a 1963) y se mudó a la casa de Acuñaâ€, una residencia con estilo campirano ubicada al sur de la mencionada calle.
“La esposa del señor era la señora Dora Gonzálezâ€, comentó la cocinera con un gran respeto por sus expatrones, que parecen estar sentados frente a ella. Pero antes de entrar de lleno a su cercanÃa con el poder, Socorro trabajó en la casa de los Ochoa.
“Conocà a Mario desde que estaba en pañalesâ€, dijo, imitando traer a un niño en brazos. El Mario al que se refirió se apellida Ochoa Rivera y fue rector de la Universidad Autónoma de Coahuila, sin embargo, teme que no la recuerde porque, dice, “lo dejé muy chiquitoâ€.
Volviendo con el general, contó la cocinera que fue tanta la confianza y el cariño que le adquirió él a su comida, que después pregonaba “debes probar la comida de Socorroâ€, al grado de que pedÃa que solamente ella o su esposa tocaran los alimentos que se servÃan en la mesa.
“Don Raúl fue un hombre muy tranquilo por su trabajo y carácter, para mà siempre tuvo gestos de agradecimiento por la comida que preparé para él y su familiaâ€.
Esa tranquilidad se prolongó seis años más, cuando recomendada por el general, Socorro pasó a la casa de los Fernández, durante el sexenio de don Braulio.
“La señora LucÃa era un encanto, a la hora del desayuno entraba a la cocina a pedirme que le ayudara a preparar lo que se le iba a servir al señorâ€, aunque cuenta que el exgobernador era muy delicado y cuidadoso con su alimento. “Tomaba café y fruta picada, después una o dos gorditas.
“Con eso amarraba las energÃas para pasar la primera parte de la jornada. Por la tarde la comida era más fuerte, aunque casi siempre comÃa en la barra de la cocina rápidamenteâ€, dijo Socorro, quien a la primera oportunidad aprovechaba para espantar a los colaboradores del exgobernador para que por lo menos lo dejaran comer en paz.
Después de ese sexenio, ella se retiró de las cocinas del poder para trabajar en el servicio de un colegio religioso, de donde fue llamada a regresar al ajetreo polÃtico durante el gobierno de Flores Tapia, con quien aceptó trabajar para vivir una de las experiencias que hasta hoy no olvida: subirse a una avioneta.
“Don Óscar tenÃa muy buen diente, le gustaba la carne, principalmente seca, o si no el menudo, pero bien calienteâ€, comentó Socorro, quien tuvo oportunidad de estar muy cerca del exmandatario en los que ella llama “tiempos difÃcilesâ€, los meses que precedieron a la renuncia del Gobernador en 1981.
“Le agradezco a Flores Tapia que me haya dado la oportunidad de subirme a una avioneta para acompañarlo en algunas de sus giras y hacerle de comer a donde llegáramosâ€.
Con la salida de don Óscar, ella no fue requerida por el gobernador interino, Francisco José Madero, sino hasta la entrada del abogado José de las Fuentes al Gobierno, en el que aprendió que una olla de café caliente nunca debe faltar.
“Don José tomaba café con mucha frecuencia, entonces debÃa tener siempre reservas para calentarâ€, dijo Socorro. Como buen norteño, el polÃtico disfrutaba de la machaca y el cabrito cada que se podÃa.
“La señora Elsita me procuró muchoâ€, recordó Soco al ver la fotografÃa de la familia De las Fuentes que entregaron durante la campaña polÃtica del Gobernador y que ella guarda en la sala de su casa como recuerdo de una época llena de buenos momentos para una mujer que tocó las delicias del poder.
LA CASA DE LAS HERMANAS
Convertida hoy en una casa de muñecas y detalles, fue hace un siglo el hogar de las hermanas del hombre más poderoso del paÃs: doña Lupita y Ana MarÃa Carranza, quienes se hicieron compañÃa frente a la iglesia de San Francisco mientras su hermano Venustiano partÃa a la Revolución.
La familia Carranza Garza fue grande. Según su árbol genealógico, el exgobernador tuvo cuatro hermanos y 11 hermanas, todos nacidos en Cuatro Ciénegas, Coahuila.
Con el paso del tiempo dos de las hermanas Carranza, Guadalupe, que nunca se casó ni tuvo hijos, y Ana MarÃa, se vinieron a vivir a Saltillo. Una vida que para nada fue de gloria, pues su casa, aunque era grande, parecÃa una cueva de adobe, una residencia oscura y rancia.
Quizá don Venustiano caminó en varias ocasiones desde su despacho como Gobernador (1911-1913) hasta la casa de sus hermanas, ubicada sobre la calle Victoriano Cepeda, frente a la iglesia de San Francisco, y la recientemente construida Plaza Ateneo, que antes también fue propiedad de la orden franciscana.
Actualmente la casa tiene una antesala, dos patios, un par de salas, tres recámaras, una cocina y un comedor; una biblioteca, un escenario para obras de teatro y el sótano, sin embargo, “todo fue reconstruido por las hermanas Zapata cuando la compraron a las nietas del exgobernadorâ€.
La actriz de teatro y escritora Elba Ortiz Zapata es quien, junto con sus tÃas, se dedicó a rescatar la residencia de las Carranza, que “era un sitio inhabitable, mal construido, demasiado raro y con pésimo gustoâ€.
Se dice que a las señoras les gustaba vivir en la oscuridad, las ventanas las tenÃan clausuradas y las habÃan asegurado para que no fueran abiertas; el portón, que es grande y que se conserva original, también estaba completamente sellado a la luz y a la vida, solamente tenÃa unas pequeñas puertas inferiores para que las hermanas hicieran los encargos a los niños que pasaban.
“Eran ideas muy raras, no sé si se cuidaban de alguien o si a ellas les gustaba vivir asÃ, porque sus habitaciones, que eran enormes y mal decoradas, tenÃan unos techos altÃsimos, sin embargo, eran oscuras, como enormes cajas de adobe.
“El techo estaba sostenido por morillos que estaban en mal estado†relataron, e incluso uno de esos morillos fue llevado al Archivo Municipal como parte de las reliquias de los Carranza, una vez que las hermanas Zapata reconstruyeron el interior de la residencia.
“En la remodelación picaron el piso y se descubrió que no era el original, sino que habÃan puesto capas de pisos una sobre la otra, hasta hacerlo de un gran grosor y al final descubrimos el piso original; eso es algo inentendible, no sé qué escondÃanâ€, dijo la escritora y dueña.
Lo más normal que las hermanas Guadalupe y Ana MarÃa Carranza tuvieron fue la cocina, que estuvo acondicionada con un hoyo en el techo para el tiro de la estufa, donde salÃa el humo.
“En la casa no se escuchan voces ni se presentan fenómenos de ningún tipoâ€, sin embargo, en la parte trasera de la propiedad, en el segundo patio que antes era corral, habÃa dos pequeños cuartos de pisos bonitos que nunca se supo para qué los ocuparon sus exdueñas.
Cuánto se habrá vivido en aquella casa frÃa, cuántas lágrimas derramadas por las Carranza cuando se enteraron del cobarde asesinato de su hermano. ¿Habrán celebrado los triunfos de su querido Venustiano?, todo se quedó en los muros y secretos de las hermanas del expresidente y Gobernador.
EL VOCEADOR DEL GOBERNADOR
Sobre unas torres de periódico vio sentarse a varios exgobernadores “que pasaban por aquà hacia el Palacioâ€, dijo don Antonio, Toño para los amigos, “La Bola†para los cuates, quien desde hace 62 años trabaja como voceador en la emblemática calle Victoria, del Centro de Saltillo.
Como pase de lista, el hombre nombró a sus clientes, quienes alguna vez ostentaron el poder. “El licenciado José –de las Fuentes–, Braulio Fernández, don Montemayor, el platicador de Eulalio Gutiérrez y claro, Humbertoâ€.
Con este último exmandatario tiene una historia muy particular: le ayudaba a vender periódico. SÃ, Humberto Moreira fue uno de los más de 80 niños que trabajaron con “La Bola†cuando el periódico se vendÃa, “y no habÃa todas esas cosas modernas donde ahora se leen las noticias.
“Me ayudaba a vender El Sol de México, tenÃa como 10 añosâ€, recordó el voceador, quien años después fue reconocido por su trayectoria en el gremio en un evento organizado por el mismo chamaco que le trabajó y que en 2003 fue elegido Alcalde de la ciudad.
“De él y de don Rogelio me acuerdo mucho porque era Montemayor un cliente de periódicos bastante madrugador. Pasaba tempranito a comprar la prensa nacional y cuando no llegaba se enojaba y le decÃa yo que era porque no habÃa podido aterrizar el avión en el aeropuertoâ€.
Quien también disfrutaba o sufrÃa, dependiendo de las noticias, era el exgobernador Braulio Fernández, “un señor de aquellos que ya no se hacen y que leÃa religiosamente el periódico Excélsior, de Méxicoâ€, considerado uno de los mejores diarios del paÃs.
“Don Braulio pasaba de su casa (ubicada frente a la Alameda) al Palacio y me pedÃa el periódico, me daba un billete de 50 y se iba, me decÃa ‘quédate la feria’, que era mucha porque el periódico costaba 10.
“A veces se detenÃan a preguntarme cómo veÃa la situación, todos menos Flores Tapia, él nunca me cayó bien, pero los demás sà se interesaban en el gremio de voceadoresâ€.
Don Antonio “La Bola†fue lÃder sindical de los vendedores de periódicos, revistas y publicaciones en la ciudad de 1988 a 1990 y después tuvo algunas responsabilidades nacionales en el sector.
“Ahora veo la vida pasar desde aquÃ, ya muy lejos de aquellos años en que los gobernadores se fijaban en unoâ€.