Viajeros, en total indefensión

0
329

Central camionera presenta un nivel bajo de seguridad, dejando a los viajeros a su suerte.

Por: Jesús Castro

Saltillo, Coah.- La realidad es muy distinta a los discursos, a las llamadas “estrategias” de seguridad o bien los buenos deseos de las autoridades. Hoy, viajar en autobús por las carreteras del estado es literalmente un volado: quedar a la suerte de sufrir o no un atraco.

Un ejercicio periodístico realizado por Zócalo comprobó que un viajero puede introducir en su mochila literalmente cualquier cosa y que, aun cuando suene el arco detector de metales, las probabilidades de ser revisado son muy escasas.

Ya en carretera se queda literalmente a la “buena de Dios”, pues si una banda intercepta la unidad, la probabilidad de ser asaltado y agredido sin que ninguna autoridad intervenga es alta.

Un viaje entre el miedo y la indiferencia

Todavía no amanece y la Central de Autobuses ya es un manicomio. Es Jueves Santo y los saltillenses aspiran a encontrar boleto. Eternas filas desde las 5:00 horas, que obstaculizan el caminar de un mostrador a otro, hasta hallar un autobús a Nuevo Laredo.

“¿A Nuevo Laredo?”, pregunta la dependiente mientras abre exageradamente los ojos con los que momentos antes ni siquiera volteaba a ver a los clientes. “Sí, a Nuevo Laredo”, contesta el solicitante, mientras un gesto extraño se asoma en el rostro del otro lado del mostrador.

No tardó en encontrar una salida para las 7:50 horas, porque la siguiente era hasta las 14:20 horas. “Deme ese”, no había tiempo para pensarlo porque ya sólo le quedaban los asientos junto al chofer. Ahora, a dar el nombre completo y pagar en efectivo, porque si es con tarjeta se va a tardar, ya la mujer advirtió que la terminal está fallando.

Había tiempo de sobra para la espera, pero ningún asiento vacío en la terminal. Apenas se había desocupado un lugar cuando se escuchó en las bocinas la salida 9348 con destino a Nuevo Laredo, Tamaulipas.

Un letrero prohibiendo acceder con armas, drogas o bebidas embriagantes da la bienvenida. Después hay que cruzar por un detector de metales que a cada ingreso suena y suena y suena, encendiendo una luz roja en cada pasajero que lo atraviesa.

El pitido advirtiendo que quien ingresó lo hizo con algún objeto metálico no inquieta a ningún guardia o miembro de la Central. Nadie es revisado para ver si alguno de esos metales detectados por el aparato sea un arma, droga envuelta o una lata de cerveza.

Invisibles

Frente al autobús, nadie pregunta si los pasajeros haciendo fila tienen la intención de cargar el equipaje en los compartimentos externos. Cinco minutos después aparece el chofer que recoge los boletos, sin solicitar que los pasajeros corroboren con la credencial para votar o algún otro documento que el nombre que ahí aparece efectivamente sea el de quien ingresa.

Cinco días antes de ese viaje, otro autobús proveniente de Nuevo Laredo permitió subir a dos hombres con una identidad falsa, sin obligarlos a corroborar sus nombres. En el kilómetro 41 de la carretera Monterrey-Nuevo Laredo, los individuos se levantaron de sus asientos y arma en mano despojaron a los pasajeros de bolsos, carteras, celulares, joyas y otros objetos de valor.

Como en aquella ocasión, al subir al autobús 9348 no hubo ningún otro filtro para revisar que en las mochilas, o equipaje de mano, que ingresaron al autobús no llevara en su interior algún arma u otro objeto prohibido.

Así, sin saber si entre los pasajeros había algún delincuente, la unidad salió rumbo a Monterrey, donde se detuvo en tres ocasiones para bajar y subir gente, sin tomar ninguna medida de seguridad, después se perfiló hacia Tamaulipas.

El trayecto de amplios terrenos solitarios y en total despoblado se hizo sin que los pasajeros observaran la presencia de alguna patrulla, retén federal u operativo militar con motivo del periodo vacacional.

La caballerosidad y destreza con la que el chofer condujo se vio opacada por la falta de alguna identificación oficial como conductor, con foto y datos de la empresa visibles.

La ‘revisión’

Fue hasta las 12:35 horas que por primera vez el autobús fue detenido. Un retén de Migración marcó el paso. Uno de los oficiales subió y recorrió los pasillos volteando a uno y otro lado de los asientos.

Se detuvo junto a un hombre de tez morena y pelo corto, le pidió explicación sobre su acento y antes de que se lo explicara lo hizo descender del vehículo. El chofer, molesto, apagó el autobús con un gesto de desaprobación.

Al pasar frente al primer asiento, ya casi por bajar los escalones, el oficial volteó instintivamente.

“¿Nombre y lugar de nacimiento?”, preguntó a un segundo pasajero. “Saltillo, nací en Saltillo, Coahuila, señor”, contestó sorprendido.

Y el oficial lo creyó, así, sin ninguna otra prueba que escuchar un acento norteño aunque el rostro del pasajero pareciera guatemalteco, salvadoreño o más aún, hindú, iraquí o afgano.

Al hombre que bajaron no lo entretuvieron mucho. Cantó una parte del Himno Nacional, les dijo quien era el Presidente de México y el Gobernador de Tabasco, porque el hombre olvidó su credencial para votar y su acento tabasqueño le pareció sudamericano al oficial de Migración.

Volvió el hombre medio pálido y sudando. Retomó el camino el autobús, no se vieron otras patrullas hasta que un convoy de cuatro vehículos de Fuerza Tamaulipas les dio la bienvenida a los pasajeros, que las vieron pasar a toda prisa, con las torretas encendidas por el bulevar César López de Lara.

Calles de temor

Y de ahí en adelante, la presencia de patrullas fue la constante durante la estancia de los pasajeros en Nuevo Laredo, que justo a esa hora vivía la saturación del Puente Internacional II Juárez-Lincoln, con cientos de connacionales intentando pasar la Semana Mayor en Estados Unidos.

Al día siguiente, levantarse temprano, buscar un boleto de regreso a Coahuila y encontrarlo hasta las 16:00 horas. Pasar el tiempo en las calles aún llenas de temor en una de las ciudades donde todavía la violencia es el pan de cada día. Luego escuchar por la bocina, por fin, la salida con rumbo a Querétaro y la Ciudad de México, con escala en Saltillo.

Otra vez cruzar una puerta hacia los andenes, en cuyo acceso sólo hay un trabajador con un detector de metales de mano, que no usó en ningún momento.

Frente al autobús 9541 un solo guardia de seguridad de edad avanzada. Al abordar, otra vez ninguna identificación ni inspección al equipaje de mano.

De fácil acceso

Ahí, en la terminal de Nuevo Laredo, en donde abordaron los asaltantes que despojaron de sus pertenencias a decenas de pasajeros en por lo menos ocho ocasiones sólo el año pasado y en una ocasión de 2017, justo el 10 de abril, uno de los viajantes portaba una navaja.

No era un arma como tal, sino una pequeña navaja que podría no parecer ninguna amenaza, pero suficiente para ser usada como arma blanca, y cometer un despojo silencioso, aprovechando que el viaje de regreso contó con la mitad del cupo.

En la mochila había más. Al abrir el primer sierre saltaba a la vista una ristra de empaques con pastillas de todo tipo, que mínimo provocarían en cualquier aeropuerto que el pasajero fuera cuestionado.

Pero en esa terminal de Laredo, como en la de Saltillo, nadie realizó inspecciones o registró maletas, y por eso un pasajero logró hacer el recorrido redondo con objetos prohibidos.

Por ello no es de extrañar que los principales asaltos a viajeros se dan en el tramo Nuevo Laredo Laredo-Monterrey, e incluso a unos kilómetros antes de llegar a Saltillo, porque el trayecto luce desolado.

Hasta la segunda caseta de cobro hubo un retén federal. La unidad se detuvo. Un oficial subió, hizo inspección visual dentro del autobús y volvió a bajar, sin molestar a nadie. Se atravesaron otras dos casetas de cobro sin policías, sin retén, sin inspección.

Y así siguió hasta llegar a Ramos Arizpe, donde una mujer causó un sobresalto entre los pasajeros por sentirse mareada y faltarle el aire. El chofer ni se enteró, porque esa línea mantiene a los pasajeros separados de la cabina con una puerta, de modo que quien conduce nunca se entera de lo que pasa del otro lado, así sea un enfermo, una persona ebria o un asalto a mano armada.

Saltillo dio la bienvenida en plena noche de Viernes Santo sin ningún retén por el operativo vacacional funcionando en la carretera Monterrey-Saltillo; a pesar de todas las faltas a la seguridad de los pasajeros, llegaron a la Central de Autobuses sanos y salvos.

No corrieron la misma suerte los pasajeros que el 10 de abril, inicio de la Semana Santa; fueron amenazados con armas de fuego y asaltados mientras regresaban de Nuevo Laredo, sin que la línea de autobuses se haya hecho cargo de sus pérdidas.

Mientras tanto, la seguridad de los viajeros en esta peligrosa vialidad del norte del país pende de un hilo.

302 kilómetros es la distancia entre Saltillo y Nuevo Laredo, por la autopista.

426 pesos es el costo del boleto en autobús de primera, para esta ruta.

De adorno

» Los detectores de metales, tanto en Saltillo como en Nuevo Laredo, lucen sólo como testigos del paso de los viajeros. A pesar de encender ningún empleado procede a inspección alguna.

Comments

comments