La conmovedora historia de Céline Dion

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La historia de Céline Dion empezó en Charlemagne, Quebec, Canadá, el 30 de marzo de 1968, cuando sus padres, los franco canadienses Adhémar Dion (1923–2003) y Thérése Tanguay, celebraron su llegada al mundo. Fue la última de los catorce hijos de la pareja.

Por: Agencias

Canadá.- En la penumbra, antes de salir al escenario, Céline Marie Claudette Dion, apretaba con su mano izquierda la mano derecha de René Angélil, que primero fue su descubridor, luego su representante, y por fin su marido y padre de sus tres hijos (René Charles y los gemelos Eddy y Nelson) durante veintiún años, hasta que lo derrotó un cáncer de garganta luego de duros años de lucha. En ese instante, él tenía 73 años, y ella, apenas 47.

La historia de Céline Dion empezó en Charlemagne, Quebec, Canadá, el 30 de marzo de 1968, cuando sus padres, los franco canadienses Adhémar Dion (1923–2003) y Thérése Tanguay, celebraron su llegada al mundo. Fue la última de los catorce hijos de la pareja.

Hogar pobre en un pueblo aún más pobre, los padres y algunos de sus hijos mayores, se abrieron camino contra viento y marea. Y entre decenas de trabajos para poner pan en la mesa, cantando en el piano bar “Le Vieux Baril”.

Para Céline, su primera iluminación. “Quiero ser cantante, quiero ser una estrella”, proclamó más que dijo…, y tenía apenas 12 años.

Pero no la tomaron en serio cuando abandonó la escuela en séptimo grado “para que no me aleje de la música”. Más que una delaración de principios, casi un desafío bélico.

Y a esa misma edad, en el piano bar, descubrió su voz un tal René Angélil, de 38 años, representante de artistas sin mucha suerte: algo así como Woody Allen en su deliciosa comedia “Broadway Danny Rose”.

Pero no pasó nada hasta que Céline, con su hermano Jacques y su madre, compuso el primer tema: “Fue sólo un sueño”, lo cantó, lo grabó, y su hermano Michel le mandó el disco a… ¡René Angélil!

Hombre de olfato fino, cuenta la leyenda (y es cierto) que hipotecó su casa para financiar el primer álbum de esa niña que caminaba hacia la adolescencia.

La historia que siguió fue más que un cuento de hadas y casi más que un milagro.

Su voz de soprano lírica (aunque ella insiste en que es una mezzo–soprano), torneada con influencias de lujo, desde Barbra Streisand hasta Whitney Houston, y pasando por Aretha Franklin, Michael Jackson, Carole King, los Bee Gees, Janis Joplin…, desató un terremoto de fans, de premios, de toneladas de discos vendidos. Más de 170 millones de álbumes, cinco Grammy, y hasta la Legión de Honor, máximo e histórico galardón francés, sólo para empezar a contar.

Hasta hoy, según la revista Forbes, es la quinta cantante popular que más ganó en su carrera… hasta ahora. Cuando todavía la esperan barriles de oro como Las Vegas, donde ya tuvo un contrato por cinco años, y una segunda gira por los cinco continentes.

Pero, entretanto, la historia entre aquella niña de 12 años y aquel representante se fue modelando hacia varios escalones más arriba.

Cuando Céline cumplió 19 años y René 45, el negocio pasó al romance. Un sentimiento que no revelaron por temor al “qué dirán” de la pacata aldea natal de la estrella.

Recién en 1993 blanquearon su situación y de la mejor manera: ella reveló su amor por Angélil dedicándole su tercer álbum en inglés: “El color de mi amor”. Y se casaron un año después, en diciembre y en una ceremonia transmitida en vivo por tevé, que muchos canadienses juzgaron “Extravagante”.

La nave avanzaba viento en popa, las canciones y los álbumes se multiplicaban, lo mismo que los premios…, cuando la mala hora atacó con su garra.

El diagnóstico fue inapelable: paciente René Angélil, cáncer de garganta.

Ella bajó el telón. Canceló todos sus contratos “para pasar más tiempo con mi marido y mis hijos”. En realidad, ese tiempo estuvo destinado a la lucha contra el mal, que lo venció el 14 de enero de este año.

Y que no fue la única batalla para Céline: tener a sus tres hijos le costó años de tratamientos, y por fin las exitosas fecundaciones in vitro de las que nacieron.

Muerto René, ella recién empezó a confesar los secretos de ese matrimonio de más de dos décadas.

“Fue el primer y el único hombre que me besó. Fue el hombre de mi vida, mi compañero… Éramos uno. Tal vez por eso cuando se fue, cuando dejó de sufrir, me dije que estaba bien, que no merecía seguir sufriendo. Pero lo amo. Todavía estoy enamorada de él, aunque mi vida no está vacía de amor: tengo a mis hijos y a mi público. Sin embargo, antes de dormir, imagino que está a mi lado, que me acuesto con él, que seguimos casados…”.

 

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Pero algo profundo, íntimo, inolvidable, empezó a faltarle en esa legendaria carrera que incluye todos los géneros (del rock al gospel) y ocho idiomas: Céline canta hasta en chino mandarín…

Empezó a faltarle, más que el cuerpo y la voz de René, esa mano que ella apretaba antes de salir al escenario, “ese monstruo de mil cabezas”, como alguien lo definió.

El calor de esa mano, que era como el arranque del cuerpo y el alma para dejarlos hasta el agotamiento en cada recital.

Sobre todo en el más memorable: en el estadio olímpico de Montreal, ante 65 mil almas… y el papa Juan Pablo II.

Recordó entonces que, desde tiempo inmemorial muchos personajes habían hecho esculpir manos de sus seres queridos, y se iluminó.

Hizo tomar un molde de aquella mano de René que apretaba antes de cada show, y que sólo la muerte fue capaz de interrumpir, y el artista lo pasó al bronce, bañándolo finalmente en oro.

Y de ese modo, a través de esa mano fría por su material pero ardiente por el contacto de la otra, de la mujer que lo amó, René sigue guiándola desde algún lugar.

En su casa, apoyada en un sencillo pedestal, y apretada no sólo por ella: también por los amigos que quiso y lo quisieron.

Y en la penumbra que suele reinar antes de entrar al escenario cegada por esos focos que parecen competir con el sol, y en el mismo rincón en que René la esperaba para el rito, Céline vuelve a apretarla, y acaso repite las palabras de antaño, que nadie conoce. La íntima comunión de aquellos que se aman…

Desde luego, la vida no cesa. El temible crítico Charles Alexander, de la revista TIME, seguirá sosteniendo que la voz de Céline “se desliza sin esfuerzo desde el susurro más profundo hasta las notas más altas, como emitidas por una dulce sirena que combina, por igual, fuerza y gracia”.

Seguirán lloviendo discos de oro, platino y diamante. Premios que logró en veinticuatro países.

Y cada vez que se proyecte el titánico film “Titanic” (la repetición no es un error), el público se estremecerá ante su tema central, “Mi corazón sigue adelante”, cantado por ella, y Oscar y Globo de Oro 1985 a la mejor canción original.

El flujo de dinero, como su corazón, tampoco se detendrá: el último perfume de su línea, Signature, recaudó 850 millones de dólares.

Un caudal del que mucho dona Céline para enfermos de fibrosis Quística, su fundación de ayuda a niños y adolescentes en riesgo, y lo que ya dejó en las arcas de lugares donde huracanes y tsunamis arrasaron vidas, casas y futuro.

La vida sigue. Palabras ciertas, lógica pura, pero quienes las arriman como consuelo saben que de nada sirven.

Y también lo sabe Céline Dion.

Pero, como un conmovedor consuelo, allí donde ella esté, estará esa mano de bronce bañada en oro, idéntica a la que René le tendió desde que ella era una niña de 12 años con voz privilegiada.

Una mano mágica. Una mano eterna. Una mano que hace más soportable la ausencia del único hombre que la besó y que la amó.

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