COVID-19 en Texas: la falta de distanciamiento social está matando a personas en Del Rio; más de 40 muertos

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El virus ha estirado al límite los recursos de Del Rio.

Por: John Tufts de San Angelo Standard-times

Del Río, Texas.- Durante una sofocante tarde cerca de la frontera entre México y Texas, Ximenia Colecio se colocó una máscara facial color azul pálido antes de caminar hacia una cerca de malla ciclónica para colgar el letrero hecho a mano que apretaba en sus pequeños dedos. Garabateado en brillante marcador neón, dice “Por la mejor maestra. La extrañaremos”.

Así como ese, había otros 27 letreros colgados en la primaria Irene C. Cardwell el miércoles 22 de julio, 2020, para llorar la pérdida de Chavell Gutiérrez, de 55 años, quien murió un día antes por COVID-19.

Chavell Gutiérrez no es la primera persona en sucumbir al virus en este pequeño pueblo de alrededor de 35 mil residentes, ubicado en la zona fronteriza del suroeste de Texas. Las autoridades locales están seguras de que ella no será la última.

El virus ha estirado al límite los recursos de Del Rio. Mientras las autoridades tanto de la ciudad como del condado luchan para detener la propagación de la enfermedad, los trabajadores de salud locales pelean una guerra en dos frentes: una batalla para salvar la vida de sus pacientes, y la de ellos mismos.

“Estuvimos en 13 casos por un largo tiempo hasta alrededor de Junio”, dijo el doctor Jaime Gutiérrez, quien se desempeña como la autoridad de salud local.

Hasta el martes 27 de julio, hay 1263 casos positivos en el condado de Val Verde y 13 muertes, de acuerdo a datos estatales. Gutiérrez dijo que la cuenta local coloca el número de fatalidades mucho más alto. Tráilers frigoríficos llevaron al condado el sábado 25 de julio con el fin de almacenar restos humanos.

“¿Cuántas más muertes tomará antes de que la gente decida que suficiente es suficiente?”, se pregunta Gutiérrez.

Nadie en Del Rio conoce la respuesta a esa pregunta, pero hasta ahora, ese número no es 41.

“Nunca he visto nada como esto”

Vestido con un traje y corbata oscuros, Rick Robles lucía sereno para ser un hombre que empezó su día de trabajo, abruptamente, a las 2 de la madrugada.

“Recibí esa y otra llamada del hospital alrededor de las 6:45 de la mañana”, dijo. “Algunas personas creen que (el Covid-19) es un engaño. Deberían pasar un día conmigo.”

Residente de toda la vida de Del Rio, Robles es dueño y maneja directamente la Casa Funeraria Sunset Memorial Oaks, en donde también es responsable de embalsamar a los muertos. El Covid-19 no es como ninguna otra cosa que haya experimentado en sus 30 años en la industria fúnebre, y desea que más gente se tome el virus con seriedad. Son las 12:28 PM en jueves, y Robles no ha tenido tiempo siquiera para desayunar.

Su casa funeraria tenía un promedio de entre 8 a 10 servicios a la semana. Ese ya no es el caso.

“Hemos tenido cerca de 18 (funerales) hasta ahora esta semana”, dijo Robles. “La semana pasada fueron 22. Es un pico, y la diferencia es el COVID. … Nunca he visto nada como esto. La situación con el COVID-19 se ha salido de las manos en esta área.”

Hay más datos para fundamentar las aseveraciones de Robles.

La población del condado de Val Verde es ligeramente superior a los 40 mil residentes. Sus casos positivos iguales a condados del doble de su tamaño.
Hasta el 28 de julio, el condado de Val Verde ha reportado hasta 1163 casos positivos. Condados de tamaño similar incluyen a Burnet, Kendall y Lamar. Hubo poco más de 1230 casos de COVID-19 entre los tres en la misma fecha.

Hablando en su faceta como director de funerales, Robles dijo que una tragedia de la que ha sido testigo en relación al COVID-19 es como la enfermedad ha despojado a las personas de su oportunidad normal de buscar consuelo entre ellos mientras lloran a sus muertos. Los servicios de entierro y capilla están limitados a 10 personas, quienes tienen que mantener su distancia o arriesgarse a esparcir la enfermedad.

“Eso es difícil para las familias”, dijo Robles. “Es incluso más difícil para ellos estar conscientes de que su ser querido se ha ido en soledad, sin tener a alguien (de su familia) a un lado para sostener su mano cuando compartieron su último aliento”.

Alejandra Valadez sabe exactamente cómo se siente eso.

“No le deseo esto a nadie”

“Mi abuela estaba sola cuando murió. (…) Había enfermeras, pero no familia”, dijo Valadez.

Dionisia Valadez, de 88 años, vivía en una casa de asistencia de largo plazo en Del Rio cuando el personal puso el edificio en cierre de emergencia en marzo. El 7 de julio, fue llevada de emergencia a la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital Val Verde Regional Medical Care Center. Dionisia dio positivo a COVID-19 así como a influenza A y B.

Valadez pudo ver a su abuela en el hospital, pero no en persona. Tuvo que usar una aplicación online para videoconferencias, y la conversación fue breve.

“La última vez que la vi ya no estaba consciente”, dijo Valadez. “Le dije que la quería mucho, y que estábamos esperando que volviera a casa. (…) Nunca lo hizo.”

Cinco días después de ser internada en la Unidad de Cuidados Intensivos, Dionisia Valadez sucumbió al virus el 12 de julio y fue cremada poco después. No hubo servicio funerario.

Valadez dijo sentirse traumatizada y enfurecida tras perder a su abuela ante esta enfermedad. No pudo sostener a su abuela cuando esta yacía moribunda en el hospital, expresa estar molesta ante el número de personas que siguen sin usar cubrebocas. Tiene también un mensaje para aquellos que creen que el COVID-19 es un engaño.

“Es real. Está aquí. Y tú no sabes quién podría ser un portador. Usar un cubrebocas podría salvar a alguien más”, dijo Valadez. “No le deseo esto a nadie. Mi abuela ayudó a criarme… Es difícil ver a alguien que amas peleando por su vida y no ser capaz de hacer nada al respecto”.

Valadez continúa exhortando a la gente a ser responsables y a hacer lo que puedan para detener la propagación del virus, una misión compartida por la ciudad, el condado y las autoridades de salud de Del Rio, quienes han comparado al COVID-19 a un huracán viral.

Sheriff del condado: “la gente necesita ser consciente”

Una institución que ha capeado bien la tormenta del COVID-19 hasta ahora ha sido la Cárcel del Condado de Val Verde, la cual no ha reportado un solo caso hasta el 28 de julio, algo que el Sheriff del condado, Joe Frank Martínez, busca mantener de esa manera.

“La gente está muriendo”, dijo Martínez. “Para ralentizar esto, creo que la gente necesita ser consciente de lo que pasa a su alrededor.”

Martínez y oficiales de la Comisión de Texas en Estándares Carcelarios estuvieron al tanto del virus desde muy temprano. Desde febrero, los presos de la cárcel del condado no tienen permitido ver a sus familiares en persona. En vez de eso, se comunican en video a través de aparatos electrónicos. La cárcel tiene una entrada, y todos son revisados en la entrada por signos de COVID.

Máquinas de niebla rocían químicos de base alcohol a través de las instalaciones de 2 a 3 veces por semana. Las aprehensiones de la Patrulla Fronteriza son manejadas en otra parte y ya no hay en el interior de la cárcel presos por delitos menores. Presos bajo cargos más graves, así como aquellos acusados de violencia familiar, son puestos en una unidad habitacional restrictiva en la que son monitoreados de cerca.

Fuera de la cárcel, Martínez dijo que las agencias del orden de la ciudad y del condado han respondido a quejas sobre personas que no están portando cubrebocas, entre las que se incluyen empleados de servicios de comida rápida.

“No puedo hacer énfasis suficiente en que necesitamos ser respetuosos los unos con los otros”, señaló Martínez. “Creo que la gente necesita ser responsable por sus acciones y, en mi opinión, necesitan ser también llamados a cuentas por ellos (…) Una persona que no respeta el espacio de otra debería considerada como un arma mortal.”

Martínez sostiene la idea de que, debido a que el COVID-19 es tan prevalente en Del Rio, que en este punto es imposible saber quien es contagioso y que no respetar el distanciamiento social o el no portar cubrebocas son acciones que bien podrían matar a alguien.

“En un principio, esta comunidad pensó que (el COVID) era solo bombo y platillo”, dijo el diputado en jefe de Val Verde Waylon Bullard. “La mayoría porta cubrebocas ahora, (…) Hay todavía unos pocos que dicen ‘Es mi derecho. No tengo que usarla’, pero cada vez son menos.”

Un funcionario municipal dijo que aquellos que insisten en no usar cubrebocas están tratando de aferrarse a un cierto grado de “normalidad” durante una pandemia global, pero “normal” es un término relativo dependiendo a quién se le pregunte.

Mayor de Del Rio: por favor quédense en casa

“Todos están tratando de encontrar algún tipo de normalidad. (…) Nunca vamos a regresar a cómo era antes; no va a suceder”, dijo el mayor de Del Rio Bruno Lozano.

Sentado en su oficina del ayuntamiento, Lozano dijo que le preocupa que la razón por la que los casos positivos son tantos sea porque la gente que es portadora asintomática de COVID-19 está pasando, en un ritmo alarmante, el virus a residentes que son mayores y más susceptibles.

Visitar a la familia y a los amigos es parte de la cultura de pueblo chico de Ddel Rio, algo que Lozano está tratando de cambiar.

El 15 de julio, hizo una petición urgente a través de un video publicado en la cuenta de Facebook oficial de la ciudad de Del Rio en el cual pedía a las personas quedarse voluntariamente en casa por un periodo de 21 días para limitar la propagación del virus.

“Estamos actualmente experimentando una crisis como nunca habíamos visto”, dijo Lozano en el video. Animó a los residentes de Del Rio a comprar en línea cuando fuera posible, a usar aplicaciones de entrega a domicilio para apoyar a los negocios locales y, que si era necesario, designar solo a un miembro de la familia para que efectúe las compras de mandado.

En sus esfuerzos para educar al público, ha ido tan lejos como para animar a la comunidad de Del Rio a decirle a sus niños que no abracen a sus abuelos.

“Necesitamos enseñar a nuestros niños por qué es importante salvar la vida de la abuela y del abuelo”, dijo Lozano. “La responsabilidad personal lo es todo”.

A Lozano le preocupa que los residentes de Del Rio estén ignorando las llamadas a practicar el distanciamiento social, esparciendo el virus importándoles poco a quiénes puedan afectar.

En el día que Lozano hizo esta súplica urgente a los residentes para que se quedaran en casa, había tantos como 455 casos positivos en Del Rio, de acuerdo a los datos del hospital. Una semana tras el mensaje, la cuenta de casos había subido a 567.

“No creo que la gente esté escuchando”

“No hay secretos en Del Rio. Todos conocen a todos”, dijo Liz Williams, una mesera del restaurante Malinda Restaurant dentro del hotel Ramada. “El mayor le pidió a la gente quedarse en casa. No creo que la gente lo esté escuchando.”

Williams acostumbraba servir café, pan tostado y huevos revueltos a un grupo de adultos mayores que, cuenta, acostumbraban visitar su restaurante cada mañana. Williams está preocupada por su seguridad; no los ha visto en cuatro meses desde el brote.

“Sí sé que unos cuantos de ellos están bien, sin embargo”, dijo Williams. “Recibí un mensaje de texto una vez con una foto. Estaban desayunando en la casa de alguien más. El texto decía ‘Oye, podríamos tener un poco de café por aquí, por favor?’”

El mero hecho de que Williams esté recibiendo mensajes de texto de clientes del restaurante que no ha visto en meses subraya cuán ajustado es entramado social de la comunidad de Del Rio. Williams dijo que es un pueblo pequeño, y que a la gente le gusta pasar tiempo junta sin importar lo que esté pasando.

Ella sospecha que esta es la razón por la cual el coronavirus se ha convertido en un problema de este tipo en el condado de Val Verde.

Todas las cosas que hacen que valga la pena vivir en un pueblo pequeño: sus conexiones y relaciones personales, saludos de mano y abrazos, como sangre en el océano a un tiburón hambriento, crean un frenesí alimenticio para el COVID-19.

“No puede pasar aquí… hasta que lo hace”.

La autoridad local en salud, el doctor Jaime Gutiérrez, así como otros funcionarios, están de acuerdo con Williams. La falta de distanciamiento social en Del Rio ha vuelto peor al COVID-19, y probablemente le va a costar a las personas sus vidas.

Por un tiempo, Del Rio fue una anomalía. Mientras el virus circulaba con furia en el resto del condado en marzo, abril y mayo, los doctores y enfermeras en el hospital del condado de Val Verde vieron pocos casos. Una empleada del hospital dijo que la gente en Del Rio se tomó el virus con seriedad en un principio.

“Había líneas en el HEB y en Walmart con la gente separada 6 pies entre individuos. Todos tenían sus cubrebocas”, dijo.

Entonces en mayo, Texas empezó a reabrirse gradualmente y las cosas en Del Rio cambiaron durante el transcurso de los días festivos de verano.

“Con certeza, 10 días después del Día de las Madres, empezamos a tener unos cuantos (…) 10 días después del Día del Padre, luego 10 días luego del Cuatro de Julio (…) Se convirtió en una bola de nieve, dijo Gutiérrez.

Gutiérrez dijo que el verano es cuando los adultos de Del Rio quieren estar en el Lago de la Amistad y cuando los adolescentes de Del Rio buscan visitar San Antonio. En los primeros días de junio, el condado de Bexar reportó más de 2800 casos positivos de COVID-19, de acuerdo a datos estatales. Para el Día del Padre el virus había crecido a más de 6800 casos en el área de San Antonio.

“Vimos a muchos adolescentes manejando a San Antonio, infectándose y regresando”, dijo Gutiérrez. “Eso dio inicio a una enorme ola de positivos que no nos ha soltado. (…) Ha sido impío. (…) Afortunadamente, la comunidad médica ha realmente dado un paso adelante”.

La comunidad médica del condado de Val Verde tuvo poca opción, por otro lado.

El hospital de Del Rio es una zona de guerra de COVID

El hospital del condado, el Val Verde Regional Medical Center, se ha convertido en una zona de guerra del COVID, con verdaderos soldados del ejército y marina estadounidenses peleando contra la enfermedad junto a los doctores y enfermeras rurales. Es un campo de batalla en donde los trabajadores de la salud han mostrado un valor, espíritu de sacrificio y han sufrido bajas.

Hay zonas verdes y zonas rojas, lugares en que el piso del hospital está marcado con cinta roja brillante en donde ni siquiera el CEO del hospital puede caminar, no con seguridad, no sin un traje plástico de equipo de protección personal. Esos lugares están haciéndose cada vez más grandes cada semana a causa del coronavirus.

El 23 de julio, enfermeras en el hospital de Val Verde estaban preparando una sección del hospital, el departamento de servicios quirúrgicos, para convertirse en otra unidad COVID. Es la quinta unidad de este tipo en tres semanas.

“Por cerca de tres meses, nos sentamos en la orilla del COVID”, dijo el CEO del hospital Linda Walker. “Nos estuvimos preparando aquí en el hospital (…) When las cosas se aceleraron, lo hicieron bastante rápido.”

El hospital regional tenía una capacidad inicial cuando comenzó el COVID de siete camas. Conforme los casos crecieron, los trabajadores de salud expandieron el área desde la Unidad de Cuidados Intensivos hasta una unidad pediátrica vacía para crear suficiente espacio para 19 camas.

Una tercera, cuarta y quinta unidad siguieron pronto. De las 72 camas en total y los 50 pacientes que las ocupaban el 23 de julio, había 30 pacientes COVID. Los hospitalizados por esta enfermedad variaban en su edad desde los 6 años hasta personas en la mitad de sus 90´s.

Walker dijo que muchos hospitales rurales como el de ellos batallan para no convertirse en “hospitales COVID”. Señaló que al ir admitiendo a más gente infectada por el coronavirus, otros pacientes tienen que ser alojados con seguridad en lugares como el departamento de emergencias, lo cual está poniendo presión en el sistema de salud local.

La mortalidad también está creando presión sobre los trabajadores de salud.

Enfermeras rurales se están presionando a sí mismas hasta su punto de quiebre

“He tenido empleados en mi oficina llorando”, dijo la jefa de enfermeras Jessica Nuutinen. “Dicen, ‘voy a tomar este turno extra’, y las lágrimas corren por sus rostros. Dicen ‘estoy tan cansada pero sé que hacer esto es lo correcto’. Esta es mi familia, mi comunidad. Voy a tomar este turno’”.

Abrir más unidades COVID ha forzado muchos cambios en el hospital de Val Verde y Nuutinen a ayudado a guiar al personal a través de la ansiedad y las aguas inexploradas a las que el virus está forzando a entrar a su sobrecargada fuerza laboral.

“Soy una enfermera, y las enfermeras entran en esta profesión por una razón”, señaló. “Lo que realmente admiró de mi personal es como están trabajando juntos para sobrellevarlo (al virus)… Nunca he estado más orgullosa de mi equipo”.

Aún así, ha habido bajas.

Hospitales pierden a uno de los suyos ante el COVID

Irma Santellanes trabajó en el Val Verde Regional Medical Center por 43 años. Era una secretaria de unidad, y una de las primeras personas en presentarse como voluntaria para revisar a quienes entraban al hospital, tomando su temperatura y colocando una banda de papel alrededor de sus muñecas.

“Lo hizo con honor: ‘lo que necesite, Miss Jess. Lo que me pidas, lo haré’”, dijo Nuutinen.

Santellanes contrajo COVID-19 y murió días después el 16 de julio. Tenía 62 años.

“Este hospital nunca ha visto nada como eso (el COVID-19)”, dijo Walker. La mayoría de los hospitales no lo han hecho, pero particularmente en estas áreas rurales (…) Esta no es la gripe y es increíblemente contagioso.

Cuando el personal del hospital habla sobre su familia de trabajo, hablan más que solo figurativamente sobre lo que los une. La hija de Santellanes es una enfermera que también trabaja en la misma institución. Su hermana trabaja en el departamento de radiología.

Muchos empleados del hospital llevan consigo una foto de Santellanes en su identificación laboral. Una mesa vestida en blanco con un memorial fue instalada cerca de la entrada del hospital en donde Santellanes trabajaba antes de que fuera expuesta al COVID-19. Un libro con páginas en blanco ha sido colocado en la mesa para permitir que su familia laboral tenga la oportunidad de compartir sus memorias y su dolor ante la partida de uno de los suyos.

Walker dijo que de alrededor de las 570 personas que componen el personal del hospital, cerca de 32 empleados se reportaron enfermos por COVID el 23 de julio. Otros siete se han recobrado del COVID-19 y regresaron a su trabajo a pesar de saber que podrían contagiarse de nuevo.

Uno de ellos es Lucinda Renee Martin, directora de Servicios Quirúrgicos.
Cómo es tener COVID-19

Martin dijo que su batalla contra el coronavirus empezó un lunes al principio de julio.

“Nunca piensas que te va a pasar, hasta que pasa”, dijo Martin. “Quieres hacerlo menos con un ‘Oh, tengo un poco de comezón en la garganta, son alergias’. Así fue como inició. Solo una pequeña comezón, como si necesitaras un vaso de agua”.

Martin cuenta que se sentía bien pero el picor continuó hasta el martes. El miércoles, alrededor de las 3:35 PM, se sintió repentinamente mareada, y entonces experimentó una rápida calentura seguida de escalofríos. Su energía se fue a pique y necesitó descansar.

“Me senté y pensé, ‘algo está mal conmigo’”, dijo.

Todo el personal del hospital ve su temperatura revisada antes de entrar al edificio. Martin dijo que se sentía saludable esa mañana. Un colega la revisó de nuevo. Su temperatura había subido a 103 F. Ahora sintomática por COVID-19, se sometió a una prueba de swabeo y de inmediato se fue a casa para someterse a una cuarentena de 14 días.

Martin está casada y tiene cinco hijos, desde los 20 meses de edad hasta los 17 años. Le dijo a su esposo que algo estaba mal y se aisló en la recámara y se fue a dormir.

“Prácticamente dormí por 13 días. Da miedo… Es agotador”, dijo. “Me despertaba a las 8 de la mañana, miraba el reloj, y al volver a despertar ya eran las 4 PM.”

Martin perdió su sentido del gusto y del olfato, ambos síntomas del coronavirus. No tenía apetito. Su cama estaba empapada en sudor. Su espalda le dolía y perdía la consciencia del tiempo. Era difícil respirar. Era difícil tan solo existir.

En las tardes, Martin le decía “buenas noches” a sus hijos usando el teléfono celular. Aunque nunca dejó su cuarto,su esposo y sus hijos empezaron a presentar síntomas de COVID-19 y necesitaron aislarse ellos mismos.

El 23 de julio fue el segundo día de Martin de regreso en el hospital tras recuperarse de la enfermedad. Dijo que su familia está mejor, y comprende los riesgos que representa el volver a trabajar con cinco unidades para tratar el coronavirus.

“Estoy preocupada de que me pueda volver a contagiar, pero estaba preocupada antes”, dijo Martin. “Siendo una enfermera, esto es para lo que estoy aquí… Lo que estamos peleando es una guerra biológica, y todos están peleando por sus vidas”.

Para ayudarle a Martin y sus colegas a ganar la batalla están los militares de Estados Unidos.

Soldados están ayudando a pelear contra la enfermedad

A mediados de julio, un equipo de respuesta rápida de la Marina estadounidense llegó al hospital. Su presencia fue descrita como “enviada por Dios”.

Compuesta por el comandante Sean McKay, un doctor de la Marina; la teniente comandante Sarah Jagger, una enfermera de Cuidados Intensivos; y la capitana Stephanie Corsaro con la 62 Brigada Médica, están proporcionando al hospital con conocimiento crítico en cómo combatir al COVID-19.

Un especialista del Ejército estadounidense, Juron Toliver, y otros miembros del servicio proporcionan apoyo adicional.

McKay trabaja directamente con los pacientes en Del Rio. está actualmente destacamentado en Maryland en donde ha servido en varios hospitales como un doctor en cuidado pulmonar crítico. Dijo que la Marina desarrolló a equipos médicos cerca de un mes atrás para apoyar a las comunidades rurales con el coronavirus.

“Nos envían a donde se nos necesite”, dijo McKay. “Otros equipos de la Marina fueron a Nueva York. Tenemos equipos de cuidado crítico en lugares como Virginia, Jacksonville, Florida, San Diego, Okinawa y Guam”.
McKay dijo que todos los han recibido bien y se han mostrado serviciales mientras su equipo trabaja junto a los cuidadores rurales para ralentizar la propagación del virus. Dijo que su equipo estará en Del Rio mientras que el Departamento de Defensa sienta que se les necesita en el área.

El juez del condado Lewis Owens espera que su estadía sea larga.

¿Cuánto cuesta pelear contra el COVID-19?

El juez Owens es parte de lo que se conoce como la fuerza de tarea COVID del condado de Val Verde. Él y otros funcionarios electos locales se reúnen con frecuencia con los trabajadores de la salud en la casa de corte del condado para decidir qué acciones son necesarias para detener el virus.

El condado recientemente contrató a seis seguidores de contactos para rastrear cómo el COVID-19 se propaga a través de la comunidad. Con tantos casos positivos, Owens dijo que el proceso es con frecuencia desalentador pero que tanto él como el resto de los funcionarios están haciendo todo lo que pueden.

Los diputados ahora entregan citatorios a las personas del condado que dan positivo. Si dejan su casa, si violan la cuarentena, si no siguen las recomendaciones de distanciamiento social, el condado los multará con hasta 250 dólares, lo cual podría incrementar en una fecha posterior.

“No hay libro para esto”, dijo Owens. “Para una inundación, tienes un modelo a seguir. Para un tornado, tienes un modelo. Tienes cosas que seguir. ¿Pero para el COVID? Las cosas que pensábamos que eran correctas hace dos meses ahora las tenemos que repensar.

Owens compara al COVID con un huracán viral, y al final del día, el condado de Val Verde necesitará más recursos si habrá de capotear la tormenta.

Un mes atrás, cuando el COVID empezó subir como cohete, el condado de Val Verde tenía más de 724 mil dólares que recibió en fondos de ayuda. Para el 2 de julio, solo no se habían gastado 59 mil. Owens dijo que la corte apartó 200 mil dólares, que los funcionarios usaron para comprar suministros para combatir al COVID al inicio de la pandemia.

“Compramos una máquina para hacer desinfectante, compramos sanitizante de manos, entregamos comida… No esperamos por el inicio de estos otros programas. Empezamos a comprar cosas”, dijo Owens. “Compramos cubrebocas, N-95´s y batas hospitalarias”.

Owens no ha calculado todos los números, pero en consideración a necesidades del staff y otros auxiliares, dijo que podría tomar otro 1.2 millones de dólares por año para que el condado de Val Verde trate efectivamente con el coronavirus. Pero con tantas cosas desconocidas que pueden pasar, es difícil dar un número.

“Ya estado viendo el presupuesto para el siguiente año fiscal, estaremos bien”, dijo Owens. “El problema es que estoy usando mis reservas para estar bien. El problema también es que vamos a hacer los años siguientes si esto continúa.”

En este punto, nadie puede decirlo. El COVID-19 todavía se siente como un rompecabezas y sigue desconocido cuántas piezas le faltan, incluso cuando algunas de las cosas que Del Rio ha perdido son deslumbrantemente obvias.

La ausencia en Del Rio en el arroyo San Felipe

El arroyo San Felipe es un oasis alimentado por manantiales que corre por la orilla este de la ciudad. El agua es tan clara que puedes solar una piedras desde un puente y ver como se hunde hasta el fondo del arroyo.

Normalmente, en julio, podrías ver y escuchar a los niños de Del Rio jugando en el agua mientras sus padres los observan desde mesas de picnic cercanas; por lo menos hasta que, como muchas otras cosas, fuera el área cerrada por el coronavirus.

Cintas de precaución amarillas fueron colocadas en las bancas del parque revolotean en el viento, y el arroyo San Felipe es ahora definido por la ausencia; por la ausencia de todo lo que Del Rio ya no es debido al COVID.
La ausencia es tan real como el virus mismo, tan real como la maestra que ya no estará en el salón de clases, o el abuelo que faltará en la mesa a la hora de la cena. No siempre fue de esta manera. Y no es certero cuando las cosas en Del Rio volverán a empezar a sentirse normales de nuevo.

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