El glaciar que esconde 280 cuerpos

0
404

Cada año cuatro personas desaparecen. Y aún quedan 268 dentro del glaciar.

Por: Agencias

España.- La aparición de los cuerpos momificados de una pareja desaparecida hace 75 años descubre el misterio de un pequeño pueblo perdido en los Alpes suizos

Los mismos tejados de pizarra negra en sus casas recostadas en una ladera de los Alpes suizos, los mismos prados verdes dignos de un capítulo de Heidi y el mismo ambiente somnoliento propio de una pequeña localidad de algo menos de 200 vecinos. Pero durante todo ese tiempo Chandolin ha sido el escenario de un extraño y siniestro misterio que ha durado 75 años y de un drama que ahora avergüenza a sus vecinos más ancianos. Y todo ello ha salido a la luz -y nunca mejor dicho- por culpa de un verano especialmente caluroso. Pero vayamos por partes.

La mañana del 15 de agosto de 1942, Marcelin y Francine Dumoulin salieron de su casa muy temprano. Mientras las bombas de la II Guerra Mundial tronaban sobre media Europa, el cantón suizo de Valais, donde está Chandolin, era un remanso de paz. Marcelin, el zapatero del pueblo, y su mujer, Francine, que era la maestra de la pequeña escuela, complementaban sus sueldos con la explotación de un modesto rebaño de vacas. En verano subían las reses a lo alto del macizo de Les Diablerets, donde el pasto era más jugoso, aunque ello suponía tener que subir a vigilar el ganado de vez en cuando. El único camino para llegar hasta allí era -y sigue siendo- a través de un glaciar, el Tsanfleuron, a 2.615 metros de altitud.

La pareja, que tenía siete hijos de entre tres y 11 años, se despidió de ellos prometiendo que volverían esa misma noche o, si se les hacía muy tarde, a la mañana siguiente. Con un abrazo y un beso a los más pequeños, salieron de su casa… y esa fue la última vez que se les vio con vida.

Los buscaron sin descanso durante semanas, pero los Dumoulin parecían haber sido tragados por el glaciar sin dejar rastro. Era la primera vez que Francine subía a Les Diablerets, pero su marido era un avezado montañista, no había habido mal tiempo ni nada que pudiese haberlos desorientado en su camino y ambos estaban en buena forma física y bien equipados para la nieve. Lo que fuera que les hubiese sucedido tenía intrigados a todos los vecinos del pequeño pueblo.

Durante las primeras semanas, mientras se llevaba a cabo la búsqueda, la pequeña comunidad se volcó con los siete hijos de la pareja, pero a medida que pasaban los días esa ayuda se fue volviendo cada vez más siniestra e interesada. La mayor, Monique, entonces de 11 años y hoy la única viva junto a otra hermana, cuenta lo que pasó durante aquellos días:

“Fuimos enviados a trabajar a jardines, campos, viñedos. Nunca estuvimos juntos. Incluso si hubiéramos estado en el mismo pueblo, no nos veíamos porque trabajábamos todo el tiempo”, recuerda con la lucidez de la distancia”. “Así que cada uno descansó en su propio rincón del mundo y creció por separado. La vida cambió terriblemente después de que ellos desaparecieron”.

Una vez que los vecinos de Chandolin dieron la búsqueda del matrimonio Dumoulin por finalizada, se encontraron con siete huérfanos de corta edad a los que atender. La solución -inconcebible hoy en día, pero quizás comprensible para la mentalidad de hace siete décadas- fue repartir a los hermanos a los cuatro vientos, vendidos o regalados como mano de obra semiesclava a las familias que optaban por acogerlos. El cura de la localidad cerró la casa familiar, vendió todos los bienes (incluido el rebaño de vacas de Les Diablerets) y se encargó de distribuir a los siete hermanos según su criterio. En ese sentido, su destino no fue muy diferente del de otros cientos de miles de niños de esa época, en una Europa en guerra y plagada de huérfanos.

La extraña desaparición de los Dumoulin condenó a sus hijos a una vida de privaciones y esfuerzo, desarraigados y desconectados unos de otros, pero unidos por un nexo común: tratar de averiguar qué había sucedido con sus padres. Cada 15 de agosto, para conmemorar la desaparición, los hermanos subían hasta el glaciar y una vez allí dedicaban el día a pasear entre los campos de hielo en una búsqueda cada vez más improbable. “Nuestros padres siempre estaban a nuestro lado cuando estábamos allí”, recuerda Marceline, la otra hermana superviviente, de 79 años.

A lo largo de las décadas los hermanos fueron muriendo, hasta que sólo quedaron Marceline y Monique, demasiado mayores ya para subir al glaciar. Todo parecía condenado a morir en silencio… hasta hace unos días.

Un operario del teleférico de la zona observó un par de piedras negras en un lugar donde antes sólo había nieve. Intrigado, se acercó y descubrió, para su espanto, los cuerpos momificados de dos personas, con ropa y equipamiento propio de los años 40. Los cadáveres yacían tumbados uno al lado del otro, abrazados en un sueño eterno, como si en el último momento hubiesen querido darse calor, consuelo o simplemente una última muestra de amor, pensando quizás en los siete hijos que dejaban atrás. O podría ser, a la luz de los acontecimientos, que se refugiasen el uno en los brazos del otro presos del pánico más absoluto, mientras la muerte los alcanzaba. Sea como fuere, cuando el rumor del hallazgo llegó hasta Monique, la anciana sintió la corazonada de que aquellos podrían ser sus padres. Envió una vieja foto de la pareja a los equipos de rescate y pronto salieron de dudas: después de 75 años perdidos en las montañas, Marcelin y Francine volvían a casa.

“Pasamos toda nuestra vida buscándolos, sin parar. Nunca pensamos que podíamos darles el funeral que merecían. Puedo decir que después de 75 años de espera, esta noticia me da una profunda sensación de calma”, explicó Monique, con voz trémula.

Sin embargo, el misterio está lejos de acabar. A falta de la autopsia de los cuerpos, queda por saber qué es lo que le sucedió a los Dumoulin aquel 15 de agosto. Los expertos especulan que los cuerpos podrían haber estado todo este tiempo ocultos en una grieta del glaciar y que el avance del hielo, unido a un verano caluroso los ha hecho salir a la luz. Pero también añaden, en voz más baja, que desde 1926 han desaparecido más de 280 personas en esa misma zona, una cifra desorbitada para un lugar tan pequeño y concreto, una anomalía en las estadísticas que nadie puede explicar y que no puede deberse tan sólo a las grietas del hielo.

Stéphane Vouardoux, portavoz de la policía del cantón de Valais, se mantiene cauto ante la aparición de los cuerpos. Dada la enorme cantidad de desaparecidos en la zona, sostiene que se debe esperar al resultado de las pruebas de ADN para estar seguro de que se trata de los Dumoulin. Cuando se le pregunta su opinión sobre el elevado número de desaparecidos en el Tsanfleuron, no se atreve a dar una respuesta. Es, simplemente, algo que lleva pasando desde hace décadas y para lo que nadie tiene una explicación razonable, más allá de los habituales accidentes de alta montaña, que sin duda explican parte de los casos, pero no todos.

El glaciar, de apenas tres kilómetros y medio de largo, está hoy en día ocupado en su parte superior por una estación de esquí, Glacier 3000, a la que sólo se puede llegar en teleférico y que atrae a numerosos visitantes todos los años, visitantes que circulan por sus pistas, en su gran mayoría sin saber que en algún lugar de esa misma zona aún se ocultan casi 300 desaparecidos en los últimos 90 años. No hay datos fiables de antes de esa fecha, pero es presumible que la cifra sea todavía mayor.

El glaciar Tsanfleuron guarda un secreto, oscuro y peligroso, que devora visitantes con una regularidad pasmosa, sin que nadie sepa el motivo. Quizás los Dumoulin pudiesen explicar algo al respecto, pero están muertos y han guardado celosamente el secreto durante siete décadas. Por eso, en las silenciosas calles de Chandolin los más viejos del lugar se alegran de la vuelta de sus vecinos desaparecidos, pero mientras tanto miran de reojo a las montañas del fondo del valle, porque saben que la muerte aún se oculta allí, esperando paciente a su próxima presa.

Comments

comments