Se celebra la primera ordenación del presente ciclo

Por: Martha Santos de León

Piedras Negras.- El templo estaba a reventar. Decir que toda la colonia Central estaba reunida para vivir la ordenación sacerdotal de Miguel Ángel Zaragoza Borrego no sería exagerado si se toma en cuenta que muchos atestiguaron el suceso desde el atrio o desde la calle donde el banquete estaba dispuesto desde temprano.

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A las 7 en punto, cuando el Sol todavía tardaría por lo menos una hora en despedirse, el obispo Alonso Gerardo Garza Treviño entró a la parroquia de Cristo Rey asiendo su báculo, seguido de más o menos la mitad de los sacerdotes de la diócesis de Piedras Negras, todos vestidos con su sotana blanca y su estola con la imagen de Jesucristo con la diestra en alto.

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Uno a uno se inclinó a besar el altar y tomaron su lugar bajo la figura de Cristo Rey al frente de la iglesia. Miguel Ángel Zaragoza lo hizo junto a su familia, en las bancas de a mero enfrente, mientras llegaban más y más fieles al lugar, el coro daba la bienvenida y el olor a incienso se fue diluyendo.

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Iluminado con el texto del profeta Josué, don Alonso Garza Treviño reflexionó en que para Zaragoza Borrego había llegado la hora de atravesar el camino: “Para Dios es un eterno presente, él tiene su tiempo. Llegó para ti, Miguel, el momento de atravesar el camino, no el río Jordán, sino un camino que no sabes por dónde te va a llevar, cuánto tramo vas a recorrer, pero Dios ya lo sabe”, e inspirado por el mismo profeta, le dio un par de consejos, que sea valiente y tenga ánimo totalmente confiado en Dios “¿a qué le temes, Miguel, si vas de la mano de Dios?”; el otro es que cumpla fielmente lo encomendado con su dignidad de ministro de la Iglesia católica.

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De igual forma emitió dos promesas, la primera: “Tendrás éxito y se cumplirán tus planes si estos se apegan al plan de Dios, porque el tuyo y el de Él es el mismo plan”. La segunda: “Estaré contigo a donde tú vayas, nunca te dejaré ¿quién más puede prometer algo así? Sólo Dios”.

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Después el ahora presbítero se postró bocabajo mientras el obispo, los padres, así como la grey reunida en el templo, todos de rodillas y al unísono, rogaban por la santidad del nuevo servidor de la Iglesia.

A la imposición de manos en señal de solidaridad y bienvenida por parte del obispo y cada uno de los sacerdotes, siguió la bendición de sus padres y de su familia quienes le besaron las palmas de las manos, porque el sacerdote es una extensión de las manos mismas de Cristo, dijo don Alonso Gerardo.

Para las 8 y media de la noche, los aplausos de júbilo y la música que estallaron en el lugar despertaron a los niños que minutos antes cayeron vencidos por el sueño, el calor y el olor a incienso; los pequeños amodorrados, se unieron a la algarabía.

Ya con su casulla y su estola puestas, el padre Miguel agradeció por la gracia alcanzada. La voz se le cortaba, no así la determinación para expresar el compromiso de honrar su dignidad de ministro de la Iglesia católica así como los cargos al interior del seminario conferidos por su obispo.

Y entonces cruzó el camino y Dios lo hizo sacerdote para siempre.

 

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